En la misma onda que Dios

Algunos de nosotros en ocasiones tenemos la sensación de que no rezamos bien; a pesar de que sí que encontramos ratos en los que estar con Dios, parece como que no sentimos calor en el corazón y tras la oración nos quedamos más o menos igual; como si no hubiera habido comunicación y hubiésemos estado hablando sin que nadie nos escuchara.

Las razones por las que a veces sentimos esa frialdad en la oración pueden ser muy variadas y no han de ser necesariamente malas. La vida espiritual tiene sus etapas -en unas se crece, otras son de parón y otras son incluso de retroceso- y de todas ellas se vale Dios para acompañarnos y para ayudarnos a crecer, aunque muchas veces no sepamos verlo. Tanto las etapas como el crecimiento son distintos en cada uno de nosotros; no hay reglas que los regulen. Y en unos casos los silencios de Dios se deben a que sus tiempos nada tienen que ver con los nuestros -que siempre andamos con prisas y queriéndolo todo para ya- en otros casos sus silencios nos sirven para crecer en la Fe y en otros casos sus silencios son una respuesta.

Pero hay un estado que, al menos en mi caso, siempre que se da impide la relación fluida con Dios. Más bien, casi la imposibilita por completo. Y ese estado es el de estar en una onda distinta a la de ese Dios que es el Amor; así, con mayúsculas.

Estamos en su onda cuando tratamos de vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario, cuando estamos atentos a lo que podamos hacer desde nuestro día a día para hacer la vida más agradable y más fácil a las personas que nos rodean. Con nuestros errores, por supuesto. Sin pretender ser perfectos.

Salimos de su onda cuando nos dejamos envolver por los espejismos del mundo, y andamos pendientes del consumo, del postureo o de triunfar a los ojos del mundo; malgastando nuestro tiempo, nuestros sueños y nuestras energías en cosas que, sin ser necesariamente malas, nos alejan de lo que de verdad importa porque nos roban tanto el tiempo como el corazón.

Y, por supuesto, salimos de su onda cuando hacemos, a sabiendas, las cosas mal. Y dejamos que en nuestra vida y en nuestro corazón reinen la envidia, la soberbia, el egoísmo, el dinero o el deseo de poder.

Cuando estamos fuera de su onda, aunque aparentemente todo parezca irnos bien, nosotros no nos sentimos a gusto con nosotros mismos y sentimos una especie de inquietud que nos roba la paz. Y se nos hace difícil el ver a Dios en esas pequeñas grandes cosas de la vida cotidiana. Y se nos hace difícil rezar. Y suele ocurrir que nos quedamos fríos en la oración.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros

 Evangelio Juan 15, 16 – 17

Estas palabras están entresacadas de los consejos que Jesús dejó a los apóstoles en la Última Cena, justo antes de dejarse prender. Por última vez recordaba a los suyos -y nos recuerda hoy a nosotros- que cuando ellos dieran frutos ocupándose de las cosas de Dios -de sus hijos- el Padre se ocuparía de las suyas.

La doctrina que nos trajo Jesús es absolutamente coherente. La tomemos por donde la tomemos siempre nos lleva a la única Ley que debe reinar en nuestros corazones y en nuestras vidas: la Ley del amor. Así de sencillo. Así de retador. Así de profundo.

La imagen es de Anthony en pexels.com

2 comentarios

  1. La ley del Amor que nos explican los evangelios es, simplemente, como un vector de dos componentes, el amor a Dios y el amor al prójimo. El vector resultante es la flecha que nos indica el camino a seguir.

  2. Todo es Gracia! Y cuando vivimos en amor, nos abrimos a la Gracia. Y al contrario, cuando somos egoístas, nos cerramos a la Gracia.
    Así es. Todo es Gracia (o estar en la onda de Dios, cómo tú lo llamas)
    Y la oración… Es verdad q muchas veces es árida. Pero lo más importante de la oración no es «sentirnos bien» sino la alabanza, la adoración y el amar a Dios. «Sentirnos bien» es secundario, aunque es fascinante cuándo ocurre! … cuando sentimos Su presencia y consolación.

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