Evangelio apc Despertadores

Muchos de nosotros tendemos a pensar bastante en el día de la mañana. Y no solo a pensar en él sino a ocuparnos de él. Quizás porque hemos sido educados así. O quizás porque es un tema cultural en nuestra sociedad. 

Desde la etapa escolar a los niños les metemos la presión del futuro. De tal manera que durante la ESO y el Bachillerato raro es el día que los profesores no recuerdan a sus alumnos lo importantes que son las notas que van sacando para poder tener una buena media, lo importante que es tener una buena media para poder escoger una buena carrera y lo importante que es estudiar una buena carrera para poder tener un buen trabajo, que les facilite no solo un medio de vida sino también su realización profesional. La presión se incrementa en la universidad y una vez llegamos a la vida profesional esa presión continúa: porque queremos tener unos buenos resultados, porque queremos estar bien considerados, porque la competencia es dura y cuesta sacar adelante empresas y organizaciones, porque queremos construir buenas relaciones, porque conciliar vida laboral con vida familiar es complicado, porque tendríamos que ser capaces de ahorrar… Siendo la preocupación que subyace detrás de tantas tensiones siempre la misma: el día de mañana.

Nos preocupa y nos ocupa llegar a alcanzar cierta estabilidad económica para poder salir adelante, sacar adelante a nuestras familias o hacer frente a los problemas que se nos puedan presentar. Y nos preocupa también el conseguirlo con un estilo de vida que sea coherente con nuestros valores.

Prepararnos para el día de mañana es necesario, claro que sí. Pero es importante también el saber hacerlo sin agobiarnos y, sobre todo, saber hacerlo desde la Fe. Ocupándonos de las cosas – de nuestras cosas y también de las cosas de quienes nos rodean –  pero con la confianza puesta en el Padre. Sin olvidar ni por un segundo que tenemos el privilegio de contar con un Dios Padre que todo lo puede y sin olvidar ni por un segundo tampoco que ese Padre que todo lo puede nos quiere más de lo que podamos siquiera soñar.

Debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano por salir adelante y por facilitar que quienes nos rodean también puedan hacerlo. Pero con la confianza y la seguridad de que donde no lleguemos nosotros llegará Dios. Tanto en las cosas importantes de nuestra vida como en las cosas pequeñas, más propias del día a día:

«Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Buscad  sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia». (Evangelio  Mateo 6, 25-34).

Algunos de nosotros con esto de los agobios aún damos un paso más y nos atormentamos adelantándonos a un sinfín de problemas o de situaciones extraordinarias que podrían darse y que posiblemente nunca se darán. En mi opinión personal, dar cabida a ese tipo de pensamientos con los que “sufrimos por adelantado” con problemas que posiblemente nunca tendremos no tiene ningún sentido; son tentaciones a las que más vale dar un portazo en seco en cuanto asoman por el quicio de nuestra puerta, porque una vez instaladas en casa son más difíciles de echar: y «el mañana traerá su propio agobio«.

Jesús nos invita a que seamos coherentes con la Fe que decimos profesar. Esa Fe en la que fácilmente nos apoyamos cuando se presentan problemas graves en nuestra vida, pero que tantas veces nos cuesta poner en valor frente a las pequeñas grandes cosas de la vida cotidiana.

La imagen es de Skitterphoto en pixabay

1 comentario

  1. Me ha venido fenomenal recordar que Dios nuestro Padre se ocupa de nosotros y nos ama, me ama …así que a confiar en El.
    Gracias Marta. Dios te bendice

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