Evangelio apc Zarzas

La sensación de estar agobiados convive con muchos de nosotros casi de forma permanente a lo largo de toda nuestra vida, incluso cuando pasamos por ella sin tener habitualmente problemas graves:   

En la etapa de la niñez y de adolescencia nos agobian los estudios y la presión de tener que sacar buenas notas. Lo que convive con que nuestra personalidad se está conformando, con que solemos estar algo descentrados, con que no tenemos ni idea de qué es lo que queremos y con que nuestros gustos y nuestro comportamientos dan grandes bandazos, hoy en un sentido y mañana en su contrario. También nos agobia el llegar a ser aceptados en un entorno social, el colegial, a veces terriblemente cruel con quienes no son especialmente «guays». Y llegado el momento de acercarnos y de integrarnos con el sexo contrario nos agobia el tener que superar cierta sensación de vértigo y el querer aparentar una seguridad que no sentimos  ni de lejos.

En la siguiente gran etapa de la vida, el agobio suele venir por una enorme sobrecarga de obligaciones y responsabilidades: comenzamos nuestra andadura en el mundo profesional, en el que todo es nuevo y queremos hacerlo mejor que bien. En muchos casos es el momento en el que, además, nos independizamos de nuestros padres y nacen nuestros hijos. Y, ahí ya sí, aún si los días tuviesen 48 horas nos faltaría tiempo: compatibilizar vida profesional y vida personal es una hazaña cada día y el agobio viene porque no tenemos tiempo material para poder llegar a todo ni para hacer las cosas con la dedicación que requerirían. No tenemos ni un momento para nosotros mismos y se hace complicado sacar tiempo para cosas tan normales como ir al dentista, ir al cine o ir a la peluquería a cortarnos el pelo.

Años más adelante el gran reto es saber envejecer desde la serenidad y desde la paz. Aceptar que el cuerpo se deteriora, aceptar que algunos seres queridos y amigos que siempre han estado a nuestro lado nos van adelantando camino del Cielo y aceptar que toca dejar paso al frente del mundo la siguiente generación, que será la que en algún momento comenzará a tomar las decisiones por nosotros.

Cuando tenemos problemas graves la presión del agobio, por supuesto, se multiplica. Pero no es mi intención en este post referirme a los agobios de las personas que tienen unas vidas singulamente duras, como puede ser el caso de tantos sirios que están dejando sus hogares huyendo de la guerra. La reflexión en esos casos es diferente y la reservo para otra ocasión.

Aceptar obligaciones, asumir responsabilidades, enfrentarnos a retos y llegar a aceptarnos a pesar de nuestras limitaciones son aprendizajes que conforman nuestra evolución como personas y nos condicionan enormemente. Y es ahí, desde lo cotidiano, a pesar de todos sus agobios, desde donde se va configurando nuestra personalidad, nuestro carácter, nuestra generosidad, nuestras debilidades y nuestras fortalezas.

Y entre esas zarzas nos llama Dios a florecer y a vivir una vida de servicio a los demás. No en una burbuja, sino en el mundo, con todas las cosas maravillosas con las que cuenta pero también con todos sus agobios y todas sus miserias. Porque lo importante no es tanto lo que va pasando en nuestra vida sino cómo lo vamos afrontando nosotros: cuál es nuestra actitud frente a ese día a día y frente a todas las personas que nos rodean.

Un pilar en el que apoyarse para superar los agobios de la vida es sin duda la fe. Porque resulta tremendamente reconfortante el vivir con la seguridad de que siempre podemos contar con un Padre que nos quiere mucho más de lo que podemos siquiera imaginar y que todo lo puede. La fe – si es verdadera – nos ayuda a vivir con serenidad y con paz, puesto que no es lo mismo ocuparnos de nuestras cosas y de las de los demás pensando que todo depende de nosotros y de nuestro esfuerzo que ocuparnos de esas mismas cosas sabiendo que detrás tenemos a Jesús y al Padre. De ahí la promesa que nos hizo Jesús: «Venid a mí los cansados y agobiados y yo os aliviaré« (Evangelio Mateo 11, 28).

Si les decimos que sí a Jesús y al Padre y aprendemos a florecer entre las zarzas, el final siempre será feliz.

La imagen es de beresfordbrooke en Flickr

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