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Santidad

Santidad

Cuando hablamos sobre la santidad, el pensamiento se nos va -al menos a mí- a algunos de esos grandísimos hombres y mujeres, expecionales, que rompieron moldes y dejaron una profunda huella en la historia de la humanidad. ¿Cómo no pensar en San Ignacio de Loyola o en Santa Teresa de Ávila? ¿Cómo no pensar en San Juan Pablo II o en Santa Teresa de Calcuta, a los que sentimos más cercanos porque han sido contemporáneos nuestros?

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Esfuerzo y resultados

Esfuerzo y resultados

Habitualmente esfuerzo y resultados están directamente relacionados; de tal manera que, a mayor esfuerzo, mejores son los resultados que se obtienen.

Si se trata, por ejemplo, de hacer un examen, lo habitual es que mientras más tiempo dediquemos a su estudio, más preparado lo llevemos y mejor nota saquemos; porque nos lo sabremos mejor y también porque sabérnoslo bien nos ayudará a ir más tranquilos. De la misma manera, un deportista obtendrá mejores marcas, ganará más partidos, marcará más goles o encestará más canastas mientras más tiempo dedique a mantenerse en forma y a entrenar y más se esfuerce cuando salga a competir. Ahí tenemos como ejemplo a nuestro admiradísimo Rafa Nadal, que se ha convertido en todo un referente -incluso para los que no somos aficionados al tenis- por su tesón, su espíritu de sacrificio y su señorío.

En la vida espiritual, sin embargo, esfuerzo y resultados no se dan, necesariamente, la mano.

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Tengo sed

Tengo sed

Tengo sed fue una de las últimas frases que pronunció Jesús en vida. Una frase de tan solo dos palabras, que encerraba su enorme deseo de transformar nuestros corazones y nuestras vidas. Son palabras que quedaron recogidas en el Evangelio para que nosotros, siglos más tarde, las recordásemos. Porque el corazón del ser humano, a pesar de lo mucho que ha evolucionado el mundo, lo cierto es que no ha cambiado demasiado. Y esa sed que sintió Jesús entonces, la sigue sintiendo hoy.

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