Habitualmente esfuerzo y resultados están directamente relacionados; de tal manera que, a mayor esfuerzo, mejores son los resultados que se obtienen.
Si se trata, por ejemplo, de hacer un examen, lo habitual es que mientras más tiempo dediquemos a su estudio, más preparado lo llevemos y mejor nota saquemos; porque nos lo sabremos mejor y también porque sabérnoslo bien nos ayudará a ir más tranquilos. De la misma manera, un deportista obtendrá mejores marcas, ganará más partidos, marcará más goles o encestará más canastas mientras más tiempo dedique a mantenerse en forma y a entrenar y más se esfuerce cuando salga a competir. Ahí tenemos como ejemplo a nuestro admiradísimo Rafa Nadal, que se ha convertido en todo un referente -incluso para los que no somos aficionados al tenis- por su tesón, su espíritu de sacrificio y su señorío.
En la vida espiritual, sin embargo, esfuerzo y resultados no se dan, necesariamente, la mano.
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