Tengo sed fue una de las últimas frases que pronunció Jesús en vida. Una frase de tan solo dos palabras, que encerraba su enorme deseo de transformar nuestros corazones y nuestras vidas. Son palabras que quedaron recogidas en el Evangelio para que nosotros, siglos más tarde, las recordásemos. Porque el corazón del ser humano, a pesar de lo mucho que ha evolucionado el mundo, lo cierto es que no ha cambiado demasiado. Y esa sed que sintió Jesús entonces, la sigue sintiendo hoy.
No importa demasiado cuántas veces nos hayamos equivocado. Cuántas veces nos hayamos dejado engatusar por los espejismos del mundo, cuántas veces nos hayamos dejado vencer por la tentación ni cuántas veces hayamos pecado. Mientras duren nuestros días aquí en la tierra siempre estaremos a tiempo de pedir perdón, de cambiar de actitud, de cambiar de estilo de vida y de volvernos hacia Dios.
No importan demasiado ni nuestras imperfecciones ni las muchas miserias que llevamos en el corazón. Envidia, egoísmo o soberbia son lastres que nos acompañan a muchos de nosotros y que nos cuesta mantener arrinconados. Tanto que, en cuanto bajamos la guardia, se hacen fuertes y pareciera como si se adueñaran de la mirada con la que vemos el mundo y a aquellos que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.
No importa demasiado si estamos tristes, si vivimos grandes períodos de dudas, si nos sentimos en oscuridad, si no entendemos, si nos duelen las heridas o si andamos coqueteando, cada día un poco más, con la soledad.
No importa demasiado lo apartados que hayamos podido estar del Cielo y de Dios ni las veces que incluso nos hayamos enfadado con Él.
Jesús nos quiere tal y como somos. A pesar de los errores que hayamos cometido. A pesar de nuestras muchas imperfecciones. A pesar de nuestros desplantes. Él nos quiere cerca a pesar de todo. Y se hace el encontradizo. Nos busca. Nos quiere y quiere que nos volvamos a él, que seamos uno con él. Que hagamos vida su Evangelio. Que confiemos en Él. Que vivamos sin miedo, con la confianza puesta en Él. Que hagamos nuestros sus deseos y que aprovechemos los días que tendremos aquí en la tierra para cuidar de las personas que nos rodean y para colaborar con Él en la construcción de su Reino.
Él quiere mostrarnos su misericordia, perdonarnos, transformar nuestro corazón y transformar nuestra vida. Y dotarla de sentido para que esté llena, para que sea plena y para que seamos, de verdad, felices.
¿Cuándo entenderemos que Jesús y el Padre no nos quieren por nuestros méritos sino porque su amor hacia nosotros es tan infinito como incondicional?
Después de esto, como Jesús sabía que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
«Tengo sed»
Había por allí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, cuando probó el vinagre, dijo:
«Todo está consumado».
E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Juan 19, 28 – 29
Marta, me ha encantado, son unas palabras muy esperanzadoras.
Dios es amor
Gracias Marta, qué don más precioso te ha regalado Dios para transmitir Su Palabra.
¡Que Dios te bendiga.!