Habitualmente esfuerzo y resultados están directamente relacionados; de tal manera que, a mayor esfuerzo, mejores son los resultados que se obtienen.

Si se trata, por ejemplo, de hacer un examen, lo habitual es que mientras más tiempo dediquemos a su estudio, más preparado lo llevemos y mejor nota saquemos; porque nos lo sabremos mejor y también porque sabérnoslo bien nos ayudará a ir más tranquilos. De la misma manera, un deportista obtendrá mejores marcas, ganará más partidos, marcará más goles o encestará más canastas mientras más tiempo dedique a mantenerse en forma y a entrenar y más se esfuerce cuando salga a competir. Ahí tenemos como ejemplo a nuestro admiradísimo Rafa Nadal, que se ha convertido en todo un referente -incluso para los que no somos aficionados al tenis- por su tesón, su espíritu de sacrificio y su señorío.

En la vida espiritual, sin embargo, esfuerzo y resultados no se dan, necesariamente, la mano.

Nosotros podemos esforzarnos mucho en avanzar en la vida espiritual, dedicando tiempo a la oración, leyendo el Evangelio o participando en grupos de parroquia, sin grandes resultados: podemos pasar meses, e incluso años, sabiéndonos atascados, en oscuridad o fríos.

De igual manera podemos esforzarnos en tratar de guiar a nuestros hijos en la vida espiritual sin obtener tampoco -al menos, aparentemente- grandes resultados.

Pero no debemos, creo yo, preocuparnos por ello. Ni mucho ni poco.

«La mies es mucha y los obreros son pocos». Y todos nosotros estamos llamados a trabajar sembrando esa semilla que es la Palabra de Dios. Con nuestras palabras y, sobre todo, con nuestra vida. Sí. Es bien cierto que Dios podría sembrar solo.. pero por alguna razón que a mí, desde luego, se me escapa, busca nuestra colaboración y quiere hacernos partícipes de la construcción de su Reino.

Pero es Dios el que regala el crecimiento a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Por lo que es muy posible que otros recojan lo que nosotros hayamos sembrado, de la misma manera que nosotros podemos recoger lo que otros sembraron.

La lógica del Cielo, nuevamente, vuelve a ser diferente de la lógica con la que estamos acostumbrados a manejarnos en nuestra sociedad aquí en la tierra.

Los tiempos de Dios son muy distintos de los nuestros. Y aunque tengamos la sensación de que a veces se olvida de nosotros y de nuestras preocupaciones, podemos estar seguros de que siempre, siempre, siempre nos escucha.

No actúa nunca de manera caprichosa, sino de la manera que resulta más beneficiosa para nosotros… y también para los demás. Nosotros no debemos, creo yo, intentar entender siempre a Dios. Porque, aunque a veces sí que veremos claras sus razones, son muchas las veces en las que no acertaremos ni a vislumbrar sus porqués. ¿Cómo entender su infinitud con nuestras limitadísimas capacidades?

Uno de los pocos regalos que podemos hacer nosotros a ese Dios que tantísimo nos quiere y que es, sobre todo, Padre, es nuestra Fe. Y es un placer poder regalársela.

La imagen es de Cynthiamcastro en pixabay

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