La frase que da título a este post se la dijo Jesús a sus discípulos en un momento en el que les prevenía acerca de la hipocresía, les advertía sobre los peligros de las riquezas y les invitaba a vivir confiando en Dios y a estar siempre siempre preparados.
Sus palabras fueron:
«He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!». Evangelio Lucas 12, 49.
En una primera lectura la frase puede sonar extraña. Pero, no lo es.
Jesús vino a este mundo nuestro a enseñarnos la doctrina del amor. A enseñarnos a vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres, nuestros hermanos. Un amor que no se quede en palabras ni en buenas intenciones, sino que se traduzca en una manera concreta de mirar, de sentir y de actuar.
Y ese es, precisamente, el fuego que Jesús quiere prender. Quiere encender en el mundo y en cada uno de nosotros la llama del amor. Quiere que sintamos su fuego en nuestros corazones. Que no nos conformemos con una fe tibia, acomodada, que apenas tenga consecuencias en nuestra vida. Quiere que ese amor sea tan poderoso que nos mueva a actuar, a hacerlo vida y a desear que otros también descubran lo que nosotros hemos encontrado.
Quiere Jesús que nos dejemos guiar por el Espíritu Santo. Ese Espíritu con el que fueron revestidos los apóstoles y María en Pentecostés, que se hizo visible en forma de lenguas de fuego.
El Espíritu transformó el entendimiento, la mirada y la manera de estar en el mundo de aquella primera comunidad cristiana. Y aquellos hombres que tantas veces habían sentido miedo, que habían dudado y que no siempre habían comprendido a Jesús, encontraron la fuerza para salir y anunciar el Evangelio.
Ese mismo Espíritu es el que nos acompaña hoy a todos los que queremos hacer vida el Evangelio.
A nosotros también nos da su luz. A nosotros también nos transforma el corazón. A nosotros también nos invita a mirar como a hermanos a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. A nosotros también nos une con unos lazos invisibles y poderosos, que nos hacen sentir parte de una divina misión que nos transciende y que da sentido a todo.
Pero hemos de estar abiertos a sentirlo. A escucharlo. A dejarnos guiar por Él.
Dejemos que nos lleve a salir de nosotros mismos, a derribar los muros que levantamos para proteger nuestra comodidad, a descubrir las necesidades de quienes nos rodean o a poner nuestros talentos a su servicio.
Empezando por lo pequeño. Por nuestra casa, nuestro trabajo, nuestra familia, las personas con las que nos cruzamos cada día. Sin esperar a tener una gran misión entre manos.
Termino este post con un poema precioso de José María Rodríguez Olaizola SJ:

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Gracias Marta, qué preciosidad tu reflexión de hoy.
Que su fuego ilumine y prenda nuestros corazones en las cosas del día a día.!