En cierta ocasión, Simón, que había estado bregando toda la noche en el lago Genesaret y no había pescado nada, se encontraba ya a la orilla limpiando las redes. Se le acerca Jesús y le invita a bogar mar adentro y a echar las redes de nuevo al agua.

Simón era pescador, sabía que había hecho bien su trabajo sin buenos resultados y que lo esperable era conseguir más de lo mismo. Pero confió en Jesús -que ni siquiera era un profesional de la pesca- y le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes» Y la pesca fue tan grande, que casi se rompieron las redes.

Simón confió en Jesús y porque confió en Jesús vió el milagro. Y aquel día su vida cambió para siempre.

Nosotros también estamos llamados a vivir confiando en el Cielo.

Estamos llamados a ocupar el asiento del copiloto. Confiados. Dejando que sea Dios quien conduzca. Dejándonos llevar por el camino que Dios quiera. Seguros de que ese camino que Dios elija para nosotros será el mejor camino por el que podríamos ir. El que mejor nos ayudará a levantar el vuelo. El que más nos acercará al Cielo. Con el que seremos más felicices y haremos también más felices a las personas que nos vayan acompañando en el camino de la vida.

Estamos llamados a vivir una vida activa. Trabajando mucho. Haciendo todo lo que está en nuestra mano para que las cosas salgan bien, claro está. Pero sabedores de que la última palabra siempre la tiene Dios. Ese Dios que es, sobre todo, Padre. Ese Dios que es el Dios de las sorpresas.

Y esto, que resulta sencillo de escribir, no siempre es fácil de vivir.

Porque nos gusta llevar el volante. Nos gusta tener las cosas previstas, saber por dónde vamos a ir, controlar los tiempos y asegurarnos de que llegaremos al destino que habíamos elegido. Y cuando la vida toma una dirección diferente, cuando nuestros planes se tuercen o cuando, después de mucho esfuerzo, recogemos unas redes vacías, nos cuesta aceptarlo.

Quizás confundimos confiar con esperar que Dios haga las cosas como nosotros creemos que debería hacerlas. Pero confiar de verdad es algo distinto. Es seguir fiándonos de Él también cuando no comprendemos lo que está ocurriendo. Cuando no vemos resultados. Cuando nos invita a volver a echar las redes precisamente allí donde estamos convencidos de que no hay nada que pescar.

No sabemos qué encontraremos al otro lado de cada dificultad. Ni siquiera sabemos si llegaremos a ver el fruto de muchos de nuestros esfuerzos. Pero sí sabemos en quién hemos puesto nuestra confianza.

Simón no confió porque hubiera visto una pesca milagrosa. Vio aquella pesca porque antes se había atrevido a confiar.

Quizás nosotros también tengamos que aprender a confiar primero. Aunque sea a trancas y barrancas. Aunque nos cueste soltar el volante.

Y dejar que sea Dios quien nos vaya guiando.

En aquel tiempo, estaba Jesús a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron. Evangelio Lucas 5, 1 – 11

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