Jesús nos invita a hacer del amor nuestro estilo de vida. Nos invita a vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario.
Y no son pocas las veces en las que habla de la recompensa que espera en el Cielo a quienes así vivan: una vida eterna en la que ya no habrá enfermedades, ni penas, ni dolor, ni muerte. Una vida en el Amor. Una vida tan plena que difícilmente podemos siquiera atisbarla con nuestras capacidades humanas.
Pedro, en una ocasión, recordó a su Maestro que ellos habían dejado todo por Él:
«Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».
Y Jesús le respondió:
«En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones- y en la edad futura, vida eterna.».
Son palabras del Evangelio de Marcos.
Quienes tenemos claro que queremos seguir a Jesús y hacer vida su Evangelio, corremos el riesgo de pensar que, como tratamos de vivir como Jesús nos pide, de alguna manera nos estamos ganando el Paraíso y, cuando llegue el momento, tendremos derecho a él.
Pero creo que ese sentir es bastante insensato.
Porque todos llevamos una mochila llena de frustraciones, miedos, heridas, rencores, egoísmos e inercias. Todos tenemos rincones del corazón que todavía necesitan ser adecentados.
Nuestra mirada también dista mucho de estar limpia. Nos cuesta mirar al otro solamente desde el amor. Nos cuesta perdonar. Nos cuesta pedir perdón. Nos cuesta comprender. Nos cuesta llevar nuestras cruces. Nos cuesta poner al otro por delante de nosotros mismos.
Y todos cometemos errores. Todos caemos. Todos fallamos. Todos pecamos.
Después pedimos perdón y somos perdonados. Claro que sí. Pero la mayoría de nosotros estamos muy lejos de poder decir que llevamos una vida ejemplar. Muy lejos de la santidad. Muy lejos, en definitiva, de poder pensar que nos hemos ganado nada. Mucho menos el Paraíso.
Por eso creo que el único posicionamiento sensato que podemos tener ante Dios es el de los niños. El de los hijos que todo lo esperan de su Padre. Hijos que no hacen cuentas. Hijos que no presentan facturas. Hijos que simplemente confían.
Sin pensar si hemos acumulado méritos suficientes. Esperando, sencillamente, que algún día nuestro Padre quiera hacernos el regalo más grande que podemos imaginar: estar para siempre junto a Él.
Porque el Paraíso no es un derecho. Es un regalo. Es un don.
La imagen es de HilkeFromm en pixabay
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