Hay días en los que nos levantamos contentos porque tenemos la sensación de tenerlo todo bajo control. Tenemos la agenda bien organizada y nos parece, esta vez sí, que vamos a poder llegar a todo. Es una sensación agradable. Pensamos que el día ya tiene su guion escrito y solo tenemos que ponernos en marcha.

Pero basta una llamada de teléfono, un mensaje inesperado, un vecino que llama al timbre o un hijo que amanece con fiebre para que nuestros planes empiecen a desmoronarse. Y nos empieza a invadir esa conocida sensación de impaciencia.

Vivimos en una cultura que valora la eficacia. Aprovechar el tiempo, cumplir objetivos, no perder un minuto. Y, sin darnos cuenta, corremos el riesgo de mirar a las personas como interrupciones en nuestra agenda.

Sin embargo, si echamos un vistazo a la vida pública de Jesús que quedó recogida para nosotross en el Evangelio, vemos cómo el Maestro se dejaba interrumpir a menudo. Va de camino y se detiene porque un ciego empieza a gritar. Se dirige a casa de Jairo y, por el camino, ocurre otro encuentro inesperado. Pasa junto a un árbol y levanta la vista porque alguien lo está esperando. Incluso cuando intenta retirarse para descansar con sus discípulos, la multitud vuelve a encontrarle y se deja liar.

Jesús conocía muy bien la misión que el Padre le tenía encomendada, y nunca parecía tan ocupado como para dejar de mirar a la persona concreta que se presentaba delante de Él. No vivía esclavo de la improvisación, pero tampoco convertía su agenda en un muro.

Y quizás ahí podemos sacar una enseñanza.

No todas las interrupciones vienen de Dios. Por supuesto que no. Hay distracciones tontas, abusos de nuestro tiempo y situaciones en las que lo más adecuado es decir un no alto y claro. Pero también es muy posible que algunas de esas molestias que tanto nos incomodan sean, precisamente, lugares donde Dios nos está esperando.

En nuestro tejado queda discernir cuáles son del Cielo.

Porque las cosas del Cielo rara vez suceden en los horarios que mejor nos cuadran. Porque a Dios no podemos encajarlo en nuestras agendas como encajamos las reuniones o las citas médicas. Dios es muy libre, no se deja encasillar y se presenta cuando quiere y como quiere. Es el Dios de las sorpresas.

Pero hemos de tener abiertos los ojos y el corazón para sentir su mano.

A veces aparece en la llamada de alguien que solo necesitaba ser escuchado. O en el compañero de trabajo que parece llegar siempre en el peor momento. O en ese vecino cuya visita altera nuestros planes.

Quizás el problema no sea que Dios interrumpa nuestros planes. Quizá el problema sea que hemos confeccionado nuestra vida, nuestros planes y nuestra agenda sin tratar de entender primero qué es lo que Dios quería de nosotros.

Puede que, con frecuencia, al final del día nos encontremos con que no hemos completado la lista de tareas que nos habíamos marcado como objetivo. Puede que incluso algunos de nuestros días nos terminen pareciendo un poco caos. Pero si alguna de esas interrupciones nos ha hecho amar un poco más o un poco mejor, quizá el día no haya salido tan mal como pensábamos.

Dios se presenta continuamente en nuestra puerta. Nosotros solo tenemos que reconocerlo y abrir.

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