En el mundo en el que vivimos es imprescindible que haya leyes y normas que marquen unas reglas básicas que regulen la convivencia entre nosotros.
También contamos con un sistema para administrar el cumplimiento de esas leyes y normas al que llamamos justicia. Es un sistema que castiga a quienes infringen esas reglas del juego y lo cierto es que resulta también imprescindible para garantizar la convivencia entre nosotros.
La justicia divina es diferente. Muy diferente. Juega en otra liga y sigue, como no puede ser de otra manera, otra lógica: la lógica del amor.
Dios es, sobre todo, Padre. Nos quiere como nunca podríamos ni siquiera imaginar y se conmueve cuando nos dejamos vencer por las tentaciones y por el pecado. Tentaciones y pecados en los que, antes o después, todos vamos cayendo. Esas caídas son parte de nuestra vida, de nuestro crecimiento y de nuestros aprendizajes. Y van también contribuyendo a configurarnos; la forma en la que caemos y, sobre todo, la forma en la que nos levantamos, también habla de nosotros.
Afortunadamente La justicia de Dios no tiene como fin nuestra condena cuando caemos. Busca nuestra conversión y nuestra salvación.
Cuando se habla de justicia en el Evangelio se habla, más bien, de cumplir el plan de Dios. De cumplir con los designios del Cielo. De vivir en fidelidad a Dios.
A eso se refería Jesús cuando pidió a Juan que lo bautizara:
Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió.. (Evangelio Mateo 3, 13 – 15)
Nosotros debemos vivir en este mundo y en esta sociedad respetando las leyes y las normas que regulan nuestra convivencia. No faltaba más.
Pero estamos también estamos llamados a vivir alineados con esa justicia divina que sigue la lógica del amor. Estamos llamados a mirar al otro desde la empatía, tratando de comprender sus porqués. Estamos llamados a mirar al otro con entrañas de misericordia. Estamos llamados a buscar su conversión. Y estamos llamados a perdonarlo todas las veces que haga falta: hasta setenta veces siete.
Al final de nuestros días aquí en la tierra todos seremos juzgados. Y ya sabemos cómo se nos medirá y de qué se nos pedirá cuentas.
Desde el Cielo se nos medirá con la medida que nosotros hayamos medido a los demás a lo largo de nuestra vida: Dios será comprensivo con aquellos que fueron comprensivos y será generoso con aquellos que fueron generosos. Por el contrario será extremadamente riguroso con quienes fueron extremadamente rigurosos, no perdonará a quienes no perdonaron y no tendrá piedad con quienes no tuvieron piedad de sus hijos.
«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzgeis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Evangelio Lucas 6, 36 – 38).
De lo único que desde el Cielo se nos pedirá cuentas, será del amor.
«Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Evangelio Mateo 25, 34 – 36)
No hay más. Ni menos.
La imagen es de Karolina Grabowsk en pexels
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