Muchos de quienes nos decimos cristianos vamos regularmente a misa, rezamos, formamos parte de algún grupo católico e incluso vamos de vez en cuando a algún retiro. Y nos sentimos satisfechos porque, de alguna manera, nos parece que con todo eso estamos cumpliendo con Dios. Y así, al tran trán, acomodados, nos pasan los días, nos pasan los meses e incluso nos pasan los años.

Si así vivimos y así nos sentimos, no hemos entendido nada de nada:

No hemos entendido que el cristianismo donde se vive es en la calle. Las misas o los retiros son buenos y necesarios para cargar las pilas, pero el cristianismo hay que vivirlo remangado, compartiendo las dificultades y los problemas de quienes van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Estamos llamados a darnos por entero. Estamos llamados a poner nuestros cinco panes y dos peces al servicio del reino. Estamos llamados a vivir desde el compromiso. Estamos llamados a dejarnos la vida a jirones en nuestro paso por este mundo. Al P. Ayúcar SJ, le gustaba decir una frase muy didáctica que yo nunca he olvidado: el sitio más seguro para dar un beso a Dios es la mejilla del prójimo.

No hemos entendido que Dios es Padre. Un padre maravilloso con el que no tenemos que cumplir en absoluto. ¡Cómo podemos ser tan cortos de miras! ¿De verdad estamos dispuestos a desperdiciar la oportunidad de estar con Él, de disfrutar de su compañía, de compartirle nuestras cosas, de invitarle a que se involucre en ellas, de pedirle que nos regale consuelo, luz, ayuda o lo que quiera que podamos ir necesitando para nosotros y para los que nos rodean?

Con Dios podemos estar mucho más que un ratito los domingos. Dios está siempre con nosotros y, si nosotros queremos, puede formar parte activa de nuestra vida 24 horas al día, todos los días de la semana.

Nada será lineal. Por mucho que nosotros nos organicemos la agenda para reservarle un hueco cuando mejor nos encaje, nunca podremos ni marcarle los tiempos ni achucharle, porque Dios es muy libre y muy sorpresivo. Y nos regalará temporadas en las que lo sentiremos muy cerca y disfrutaremos de intimidad con Él. Y en otras ocasiones no será así y nos sentiremos mucho más fríos. Pero Dios siempre estará ahí, en la retaguardia. Aunque tantas veces no entendamos sus porqués y sus para qués. En los días de oscuridad podemos regalarle igualmente nuestra Fe y seguir manteniendo la disposición de querer ver su mano incluso en las pequeñas grandes cosas de la vida cotidiana. Porque está.

No dejemos que la rutina entre en nuestra Fe. No seamos cortos de miras. No nos acomodemos. No nos quedemos a ras de suelo. Conviene, más bien, mirar hacia arriba y estar abiertos a levantar el vuelo dejándonos llevar por ese Dios que, sin duda, es el Dios de las sorpresas.

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