Muchos de nosotros estamos terminando nuestros días de descanso. Unos días en los que hemos podido levantarnos sin despertador, hemos podido desconectar de nuestros trabajos y nuestras responsabilidades, hemos sido dueños de nuestro tiempo y hemos tenido la oportunidad de pasar tiempo con las personas a las que queremos o de disfrutar de nuestros hobbies.
Se acerca ya el momento de volver a levantarnos temprano, retomar nuestras responsabilidades y volver a estar pendientes del reloj y de la agenda.
A más de uno se nos hace bastante cuesta arriba volver a la vida cotidiana -a nuestra rutina- porque son muchas las veces que en esa vida cotidiana nos hemos sentido agobiados con más problemas de los que nos gustaría, o nos hemos sentido hastiados, o nos hemos sentido como hamsters dando vueltas en una rueda que no termina de llevarnos a ninguna parte. Y, cómo no, miramos al nuevo curso que tenemos por delante con cierto vértigo, pensando que las dificultades es fácil que vuelvan a presentarse. Por eso, lo cierto es que la palabra rutina tiene para muchos de nosotros una connotación negativa.
Pero nuestra vida real es esa: la que que ocupa once de los doce meses del año. Y es importante que seamos felices también en ella. Y que seamos felices los siete días de la semana. También los lunes. ¡Cómo nos vamos a permitir desperdiciarla! ¿De verdad ha pasado por nuestra cabecita la posibilidad de guardar nuestra felicidad en el cajón de los bañadores hasta las próximas vacaciones?
Quizás sea bueno, ahora que miramos nuestra vida cotidiana descansados y con un poco de perspectiva, que nos planteemos hacer algún cambio que la reconduzca en lo que a cada uno se nos pueda hacer más cuesta arriba.
Está en nuestra mano disfrutar de cada día y hacer que el curso que ahora tenemos por delante sea único:
Tendremos días felices, días en los que sentiremos que la vida nos sonríe, días de buenas noticias, días fiesta, días de logros, días de reconocimientos, días en los que sentiremos que vamos acertando con las decisiones que vamos tomando, días de dar mucho y de recibir mucho.
Serán días extraordinarios, en los que nos sentiremos agradecidos por tanto.
Aunque lo que los convertirá de verdad en extraordinarios, no serán los logros que hayamos cosechado, sino el amor que hayamos puesto en ellos.
También tendremos días grises, de dificultades, de rutina, de exceso de trabajo o días en los que nos parecerá que no damos pie con bola.
Esos días pueden y deben ser también extraordinarios. Porque lo que convertirá a cada día en un día extraordinario será el amor que hayamos puesto en él.
No hay más recetas. Ni menos. El amor es siempre la clave. El amor es siempre lo que marca la diferencia. Por eso conviene, incluso, amar la rutina. Y vivir agradecidos por ella. Está en nuestra mano vivir intensamente también la vida cotidiana.
La imagen es de joaolrneto en pixabay
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