La libertad es un don preciosísimo que nos facilita poder elegir qué decisiones tomar, qué camino seguir o qué actitudes tener. Sabiendo, como sabemos, que, más allá de lo que decidamos en un momento dado, debemos actuar siempre de manera responsable porque todo tiene consecuencias que tenemos que ser capaces de asumir.
Es verdad que todos tenemos importantes condicionantes que no hemos escogido -el momento histórico en el que nacemos, el país y la familia en la que venimos al mundo o los talentos con los que nacemos- que condicionan enormemente nuestra mirada.
Pero no es menos cierto que, pese a esos condicionantes, todos podemos elegir qué pasos ir dando en la vida y, sobre todo, con qué actitud enfrentamos tanto los grandes desafíos que se nos presentan como las pequeñas grandes batallas de la vida cotidiana.
Jesús vino a este mundo para proponernos vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres. Y es su deseo que vivamos así, porque es la vida más perfecta:
Vivir desde el amor hace felices a las personas que van pasando a nuestro lado.
Vivir desde el amor facilita que nos sintamos en comunión con la familia del Cielo, que hará morada en nuestro corazón e irá con nosotros siempre, estemos donde estemos y hagamos lo que hagamos.
Vivir desde el amor nos vuelve poderosos, porque la caridad tiene el poder de tocar el corazón de Dios:
«Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé» (Evangelio Juan 15, 16)
Vivir desde el amor será premiado con la vida eterna, e incluso será recompensado durante nuestro paso por esta vida.
Desde el Cielo nos han hecho una propuesta clara. Pero no nos la imponen:
Dios quiere que seamos nosotros los que elijamos su propuesta como propia. Y así, libremente podemos elegir vivir una vida que gire en torno a nuestro propio bienestar o una vida vuelta hacia los demás; podemos elegir pasar por la vida de perfil o vivir desde el compromiso; podemos elegir tener una actitud centrada en las quejas, en los reproches y con la mirada puesta en todo lo que podría ser mejor o una actitud de agradecimiento por lo mucho que se nos regala.
María pudo no dar su consentimiento al ángel Gabriel, pero libremente aceptó ser la madre de Jesús y ser coherente con la decisión tomada el resto de su vida. José pudo no aceptar a María ya en estado pero decidió tomarla como esposa y cuidar de ella y de Jesús durante el resto de su vida. Jesús podría haberse librado de la Cruz, pero quiso cumplir hasta el final con el plan que su Padre tenía diseñado para Él. Once de los apóstoles eligieron dedicar su vida a llevar el cristianismo por el mundo entero de la misma manera que Judas decidió traicionar a su Maestro.
Y cambiaron el curso de la historia de la humanidad.
Dios quiere que elijamos necesitarle, de la misma manera que Él ha elegido necesitarnos a nosotros y que seamos sus manos en nuestro paso por este mundo.
En nuestra mano está escoger ser hijos de Dios. E irlo siendo cada vez más, a medida que vayamos avanzando en ese camino del amor que todos estamos llamados a recorrer.
La imagen es de petig en pixabay
Un planteamiento perfecto. No hay libertad si no asumimos la responsabilidad de nuestras decisiones.