Decimosegunda estación. Jesús muere en la Cruz

Tras haber sido juzgado injustamente, haber sido torturado y haber sido humillado, Jesús es clavado en una Cruz, desde la que aguardaba ya su final.

En esas horas de terrible agonía siguió dando testimonio de quién era y continuó haciendo realidad el mensaje de amor que había venido a traernos. Y así, pidió al Padre el perdón para quienes lo habían conducido hasta allí, regaló a Dimas el Paraíso, encomendó a Juan el cuidado de su madre y encomendó a su madre el cuidado de Juan, el de los apóstoles y el nuestro.

Le llega ya el momento la muerte y, con sus últimas palabras, encomienda su espíritu al Padre.

Su misión quedaba ya, por fín, cumplida: murió por amor, cargando con nuestros pecados y regalándonos a todos nosotros la oportunidad de ser uno con Él y con el Padre.

Vivió dejándonos un testimonio de caridad con los hombres y Fe en el Padre hasta el último minuto de su existencia. Y hoy nos sigue invitando a todos nosotros a vivir con su mismo estilo de vida. Nos sigue invitando a entrar por la puerta estrecha. Nos sigue invitando a hacer vida su Evangelio.

Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró.

Evangelio Lucas 23, 44 – 46

Decimotercera estación. Jesús es bajado de la Cruz y puesto en brazos de su Madre

No recogen los evangelios el momento en el que Jesús es puesto en brazos de su madre. Pero muy posiblemente, una vez que Pilato dió permiso a José de Arimatea para bajar a Jesús de la Cruz, María le diera su último abrazo. ¡Cómo no!

Esa María rota por el dolor, tras haber presenciado lo que habían hecho con su hijo.

¿Recordaría en aquel momento su propio Hagase en mí según tu palabra, sin condiciones, al ángel Gabriel? ¿Recordaría las palabras del anciano Simeón? ¿Recordaría cómo había ido desvelándose a lo largo de los años el plan de Dios para su hijo? ¿Recordaría los momentos cotidianos, felices, vividos junto a Jesús?

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. 

Evangelio Juan 19, 38 – 40

Decimocuarta estación. Jesús es sepultado

Y llega el momento de dejar a Jesús en el sepulcro.

Los apóstoles de Jesús no habían sabido estar a la altura de las circunstancias. Porque uno de ellos lo entregó, otro lo negó tres veces y todos, salvo Juan, lo dejaron solo en el Calvario. Habían sido unos amigos cobardes y posiblemente un profundo sentimiento de culpa se había adueñado de sus corazones.

Un sentimiento de culpa que había que sumar al del aparente fracaso de la vida de su Maestro y de la apuesta personal que todos habían hecho por Él. ¿De verdad iban a terminar así aquellos tres maravillosos años vividos junto a Jesús? Habían sido años de vivencias intensas, de convivencia, de presencia de Dios, de enseñanzas, de aprendizajes, de curaciones, de milagros, de vivir el Cielo con el corazón y tocar el Cielo con las manos. ¿Cómo era posible que ese fuera el final?

Posiblemente no fuera ese el sentir de María que, pese a seguir rota por el dolor, ya andaría a la espera de la siguiente sorpresa de Dios. Ella volaba más alto que los apóstoles, sabía que ahora tenía que ser un pilar para ellos y seguro intuía que estaba próximo a serles desvelado el plan que Dios y Jesús tenían para todos ellos en esta nueva etapa de sus vidas que estaba ahora comenzando.

Había un hombre, llamado José, que era miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo (este no había dado su asentimiento ni a la decisión ni a la actuación de ellos); era natural de Arimatea, ciudad de los judíos, y aguardaba el reino de Dios. Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía. Evangelio Lucas 23, 50 – 53

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