Quinta estación. Simón de Cirene ayuda a llevar la Cruz de Jesús

No llevó Simón de Cirene voluntariamente la Cruz del Maestro, no. Simón volvía -posiblemente muy cansado- después de un día de trabajo en el campo y de repente se encontró entre aquella muchedumbre de gentes enloquecidas que insultaban y humillaban a un reo condenado a muerte. Y así, sin más, lo cargaron con su Cruz.

Acompañó Simón a Jesús en su camino hacia el Calvario. Ese Jesús malherido al que ya le fallaban las fuerzas. Ese Jesús que había aceptado cumplir con el plan que su Padre había diseñado para Él y, sin una protesta, una queja o un reproche, aceptaba su suerte.

Tuvo que sentir necesariamente el Cireneo que andaba junto a un hombre poco común. Tuvo que sentir la luz y el amor del Maestro a pesar de las circunstancias en las que lo estaba conociendo. Y tuvo que sentirse afortunado por haber tenido el privilegio de poder acompañarlo y socorrerlo a lo largo de aquel terrible camino.

Nosotros, como el Cireneo, muchas veces nos vemos obligados a cargar con cruces que no querríamos llevar. Y nos toca, como a él, echárnoslas a la espalda y tirar para adelante. Podemos cargar con ellas sin parar de protestar y lamentarnos, de la misma manera que podemos cargar con ellas tratando de vivirlas desde el amor y apoyándonos en ese Jesús que siempre camina a nuestro lado.

Las dificultades y los problemas, antes o después se presentan en la vida de todos nosotros. La diferencia de los cristianos debe estar en la forma en la que los afrontamos. Porque tenemos nuestra casa edificada sobre roca y sabemos que ni los vientos ni las riadas podrán arrastrarla.

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.

Evangelio Lucas 23, 26

Sexta estación. Verónica limpia el rostro de Jesús

Los evangelios recogen que Jesús se encuentra con mujeres que lloran por él, pero no detallan nada sobre la figura de Verónica. En cualquier caso es algo que, desde luego, pudo ocurrir y que igualmente nos ayuda a introducirnos, a través de los detalles, en aquel camino de Jesús hacia el Calvario.

Que Verónica se atreviese a limpiar el rostro del Maestro fue, en primer lugar, un acto del valentía. Jesús estaba en aquel momento zarandeado por una chusma que lo seguía para ver su crucifixión como si de un espectáculo se tratara y ella supo ir a contracorriente, sin importarle si con su gesto de auxilio a Jesús se iba a poner ella misma también en peligro.

Fue también, sin duda, un acto de compasión ante el sufrimiento del Maestro. Esa compasión que tantas veces había sentido Él frente a circunstancias dolorosas o al ver cómo sus gentes andaban como ovejas sin pastor.

Nosotros también estamos llamados a vivir de una manera valiente, comprometida y desde la misericordia. Aunque no sean valores demasiado comunes en la sociedad en la que estamos viviendo.

Séptima estación. Jesus cae por segunda vez

Las caídas de Jesús son, sin lugar a dudas, un símbolo de su sufrimiento y de la carga que llevó por toda la humanidad.

Nosotros, como nuestro Mastro, a veces no podemos más y también caemos. Muy especialmente en esas etapas en las que el cansancio, los problemas y los agobios nos desbordan y nos hacen pensar en tirar la toalla y abandonar, dejando que sean otros los que continúen tirando de un carro que se nos hace demasiado pesado.

Debemos aprender de Jesús, que supo sacar fuerzas de donde no las tenía para levantarse y continuar su camino. Seguro de que todo tenía un porqué y un para qué. Poniendo toda su confianza en ese Dios que es, sobre todo, Padre.

Nosotros también podemos levantarnos tras las caídas y podemos cargar de nuevo con las cruces que cada uno tenemos, para continuar avanzando en ese camino del amor que estamos llamados a recorrer.

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