Evangelio apc maderas de corazón

La mayoría de nosotros sentimos compasión por aquellas personas que atraviesan circunstancias difíciles en sus vidas. Compasión por aquellas que sufren como colectivo, como estamos viviendo a día de hoy la tragedia por la que están pasando tantas personas que están huyendo de Siria en busca de un sitio seguro. Y compasión también por aquellas personas que conocemos y sabemos que están pasando, por una u otra razón, una etapa dura.

Jesús supo dar un paso más. Supo vivir atento a las necesidades grandes de los que le rodearon y también a las necesidades chicas. Haciendo siempre lo que estuvo en su mano por adelantarse tanto a las unas como a las otras.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino«. Los discípulos le dijeron: «¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?». Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos contestaron: «Siete y algunos peces». Él mandó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete canastos llenos. (Evangelio Mateo 15, 32 – 37).

Las primeras palabras de Jesús en este pasaje me resultan conmovedoras.

Conmovedoras porque lo que hace que Jesús sienta compasión no es un tema realmente importante: quienes le escuchan llevan ya tiempo allí sin comer, van a ser despedidos en ayunas y el camino de vuelta a sus casas les va a resultar especialmente fatigoso.

Esta compasión, en mi opinión, es un botón de muestra de cómo al Padre y a Jesús les interesa todo de nosotros: les importan aquellos problemas o preocupaciones importantes que podamos tener en algunos momentos de nuestra vida (enfermedades graves, desempleos, soledades, ruinas económicas, etc.) y les importan también las cosas menos relevantes, habitualmente más propias del día a día. Con todas ellas, grandes y chicas, querrían ayudarnos porque a ellos no les gusta vernos sufrir, aunque en ocasiones pueda llegar a ser conveniente o necesario, por ejemplo, para nuestro aprendizaje o nuestro crecimiento espiritual.

En esta ocasión, tanta es la compasión que siente Jesús por las personas que están allí escuchándole, que decide hacer un milagro para darles de comer.

La mayor parte de los milagros que hizo Jesús en vida fueron para remediar problemas muy serios que tenían quienes se beneficiaron de ellos: sanó parálisis de piernas, expulsó demonios, devolvió vista a los ciegos, devolvió oído a los sordos, curó enfermedades gravísimas, salvó a una adúltera de ser apedreada, e incluso resucitó a personas que ya habían fallecido (“Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan , los pobres son evangelizados” (Evangelio Lucas 7, 22).)

En esta ocasión, como también ocurriera anteriormente en las bodas de Caná hace un milagro para remediar un problema menor. Demuestra Jesús tener una actitud maternal hacia nosotros y unas entrañas de misericordia.

Y esa actitud es la que nos invita a que también tengamos nosotros. Y que en lugar de pasar por la vida movidos nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestros intereses, andemos atentos a las necesidades, deseos e intereses de quienes nos rodean. Sin que sea necesario que nos pidan ayuda siquiera.

La respuesta que dieron a Jesús los discípulos «¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?», posiblemente es misma que hubiésemos dado la mayoría de nosotros (aunque habría que apuntar, a nuestro favor, que aquellos discípulos ya habían presenciado más de un milagro). ¿Cuándo aprenderemos a vivir con fe?.

Para terminar esta reflexión resalto un precioso detalle de este pasaje: aún sobraron 7 canastos después de que comiesen todos hasta hartarse. Desde el Cielo siempre dan a manos llenas.

La imagen es de congerdesign en pixabay

2 comentarios

  1. Para que la compasión sea auténtica se necesitan, entre otras, las dos condiciones siguientes: proximidad y espontaneidad. Por eso despiertan la compasión de Jesús los que están a su alrededor y en una situación sin precedentes y no otras personas que fuera de su ámbito pudieran estar en situaciones mucho peores y de larga duración.

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