En la cuarta estación del Vía Crucis, Jesús encuentra a María, su madre.
Este encuentro de Jesús con su madre mientras Él iba camino del Calvario no está recogido en los evangelios. Sí que recogen los evangelios que María estuvo al pie de la Cruz, por lo que es más que probable que ella estuviera siguiendo desesperada a su hijo entre la multitud mientras él caminaba hacia el Calvario y que en algún momento se cruzaran sus miradas.
A buen seguro el dolor de Jesús estaba siendo extremo. Extremo el dolor de su cuerpo y extremo también el dolor del alma, habiendo sido tan injustamente juzgado y viéndose allí zarandeado por las mismas gentes que pocos días antes lo habían alabado al entrar en Jerusalén.
Y si el sufrimiento de Jesús estaba siendo extremo, no sería menor el de su madre. ¡Cómo no sentir como una afrenta a ella misma cada golpe, cada burla o cada insulto! A buen seguro María estaría recordando las palabras que tiempo atrás le dijera el anciano Simeón, que en su momento no pudo entender y que ahora cobraban todo su sentido:
Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones»
Evangelio Lucas 2, 34 – 35
Se hace fácil imaginar a María hecha añicos por dentro.
Pero ante la mirada de su hijo, también se hace fácil imaginarla firme, sabiendo transmitirle todo el amor, toda la entereza, toda la confianza, toda la seguridad, y toda la dulzura que él necesitaba recibir entre aquella jauría de fieras revueltas que estaban allí para presenciar su crucifixión como si de un espectáculo se tratara.
A buen seguro Jesús vió entonces en ella a aquella madre que lo había querido siempre de manera incondicional, había sido su maestra y su referente. ¡Cuántos años de vida de familia compartidos! Años llenos de recuerdos, de aprendizajes, de momentos duros y de momentos felices. Años llenos, sobre todo, de mucho amor.
A buen seguro también María vió en él a aquel hijo queridísimo, que había sabido desde el momento mismo de su concepción que venía enviado por Dios mismo para salvar a la humanidad. ¿Cómo era posible que él, que había sido tan generoso y tan bueno, estuviera allí, cargando una Cruz con la que iba a ser crucificado? Ella era mujer de Fe y, aún en aquel momento tan desolador, confiaría en el plan de Dios. Confiaría en que todo terminaría teniendo sentido. Como así iba a ser.
La relación entre Jesús y María debe inspirarnos a todos los que queremos hacer vida el evangelio. Fue – y sigue siendo- una relación en la que el amor iba mucho más allá de los vínculos de la sangre. A madre e hijo los unía un profundo amor a Dios y una actitud de generosidad sin límites hacia la humanidad. Supieron vivir con la complicidad que da el tener un espíritu compartido que da sentido a todo. A lo grande y a lo cotidiano. Es ese mismo espíritu que todos nosotros estamos llamados a compartir.
La imagen es de JESUS_is_our_only_HOPE en pixabay
Qué bonito lo que dices: » Supieron vivir con la complicidad que da el tener un espíritu compartido que da sentido a todo».
Le pido a Dios que pueda descubrir y compartir ése
espíritu!
Muchas gracias.