Dentro de unos días celebraremos el Día de Todos los Santos: una fiesta solemne por todos los difuntos que, superado el purgatorio, están en presencia de Dios. No es una fiesta en honor de quienes fueron canonizados por la Iglesia sino una fiesta en honor de todas aquellas personas que ya están en el Cielo, incluidas las gentes sencillas que vivieron una vida aparentemente corriente.*

Cuando Jesús vino a este mundo a predicar su doctrina nos invitó a vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres, nuestros hermanos.

Llegar a vivir así, como Él mismo vivió, no se improvisa. Es más bien una carrera de fondo que dura toda una vida. Un camino largo, en el que a veces se avanza deprisa, a veces se avanza despacio y a veces incluso se retrocede. O al menos así lo vivo yo.

En la medida en la que se va avanzando en ese caminar Dios va regalando más su Espíritu. Un Espíritu que nos va transformando la mirada.

Ese Espíritu nos hace sentirnos hermanos de aquellas personas con las que lo compartimos, independientemente del color de su piel, el color de su pasaporte o su lengua materna.

Ese Espíritu nos hace sabernos ciudadanos del Cielo. Una ciudadanía que podemos sentir ya en nuestro paso por este mundo, aunque no alcanzará su plenitud hasta que estemos en presencia de ese Dios que es, sobre todo, Padre.

A eso es, precisamente, a lo que nos invita el papa Francisco cuando nos llama a ser esos santos de la puerta de al lado: personas que viven la vida ordinaria con un corazón extraordinario. Sin alfombra roja. Sin focos. Sin música de fondo. Sin fuegos artificiales.

Porque, aunque nos parezca un reto realmente fuera de nuestras posibilidades, nuestra meta puede ser la santidad.

En esta querida España nuestra que anda tan despistada llevamos ya muchos años pasando casi de puntillas por el Día de Todos los Santos y celebrando Halloween -fiesta de origen pagano- a lo grande, disfrazándonos de brujas o esqueletos y decorando nuestras casas como como si fuéramos a rodar en ella una película de miedo.

Ojalá que, al menos quienes nos decimos cristianos, sepamos vivir estos días desde la sensatez y poniendo cada fiesta en el lugar en el que debe estar.

Y ojalá que, sin prisa pero sin pausa, vayamos avanzando en ese camino del amor que nos hará irnos sintiendo, cada vez más, parte de esa familia de santos que se nos han adelantado en el camino del Cielo.

(Cristo) vino a anunciar la paz: paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre por medio de él en un mismo Espíritu. Así pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros entráis con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

Carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2,17-22

*La definición del Día de Todos los Santos está sacada de la wikipedia.

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