En la sociedad en la que vivimos el conocimiento es poder. Y la información y los datos también son poder. Acumular conocimiento es algo bueno, porque ayuda enormemente a tomar decisiones, a argumentar o a defender posturas con criterio. Pero puede ser también peligroso, porque con frecuencia el conocimiento engríe.

Para comprobar que el conocimiento engríe con demasiada frecuencia, basta con asomarse a las redes sociales, para ver cómo cientos de personas cuentan maravillas sobre sí mismas, maravillas sobre sus logros o maravillas sobre sus trabajos. También fuera de las redes -y muy especialmente en los entornos laborales- también resulta demasiado fácil encontrar personas con un ego gigantesco encantadas de haberse conocido.

Yo tengo que reconocer que es un defecto que se me hace difícil de llevar. Y valoro, cada día más, a las personas sencillas. Las humildes. Las que no buscan los focos. Las que prefieren la segunda fila a la primera. Las que son capaces de reírse de sí mismas. Las que no tienen problema por hacer visibles sus aciertos y también sus errores.

Tener mucho conocimiento es fácil que nos lleve a la soberbia, a buscar los primeros puestos, a ser competitivos o a buscar los halagos y el reconocimiento. Y, si nos descuidamos, nos puede llevar también a mirar al otro con cierto aire de superioridad. Y eso es algo terriblemente necio:

Es terriblemente necio porque normalmente, a medida que vamos conociendo un tema en profundidad, vamos tomando conciencia de lo mucho que nos queda por saber de la materia, de su historia o de sus matices. ¿En qué momento podemos llegar a creernos que sabemos mucho de algo? Siempre podremos encontrar quien nos supere y sepa más, así que, en mi opinión, conviene no presumir nunca demasiado.

Es terriblemente necio porque lo cierto es que los talentos con los que cada uno de nosotros venimos a este mundo nos han sido regalados. Y no precisamente por nuestros méritos, sino por lo muchísimo que nos quieren desde ahí Arriba.

Por otro lado, quien siente que lo sabe todo pierde la capacidad de sorprenderse, pierde la capacidad de aprender y se pierde la oportunidad de disfrutar, por el camino, de esos nuevos horizontes que siempre se nos abren cuando profundizamos en el conocimiento de las personas o en el de la ciencia.

Mirar al otro por encima del hombro hace evidente nuestra falta de amor hacia él… y es el amor lo único que es de verdad valioso y lo único que cuenta a los ojos del Cielo.

«El conocimiento engríe, mientras que el amor edifica.
Si alguno cree conocer algo, eso significa que aún no conoce como es debido.
Si alguno ama a Dios, ese tal es conocido por él»

1ª carta de San Pablo a los Corintios 8, 1 – 3

Por eso Dios no suele regalar su luz a quienes sienten que saben mucho. Más bien se la regala a las gentes sencillas, limpias de corazón. Y se lo va regalando más en la medida en la que aman más.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños” 

(Evangelio Mateo 11, 25).

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