Muchos de nosotros estamos volviendo a casa después de un tiempo en el que hemos desconectado de nuestra vida cotidiana. Unos días que cada uno hemos aprovechado para lo que nos ha parecido mejor: descansar, viajar, pasar más tiempo con la familia, pasar más tiempo con los amigos, pasar más tiempo con Dios, hacer balance o poner al día asuntos atrasados.
Algunos volvemos con nuestras expectativas satisfechas y las pilas cargadas y otros no tanto.
Lo mismo da. Unos y otros retomamos la vida ordinaria. Esa vida que la mayoría de nosotros comenzamos cada día a la vida a golpe de despertador y con la agenda más llena de lo que nos gustaría. Esa vida que tanto tiene de obligaciones y de rutina, pero que también puede y debe ser apasionante si la enfrentemos con la actitud adecuada.
Podemos escoger empezar cada día arrastrando los pies, contrariados por no haber podido dormir lo suficiente y comenzar con nuestras tareas seguros de que tenemos por delante un día más, de esos que pasan sin pena ni gloria.
De la misma manera que podemos escoger empezar cada día agradecidos, Y con la disposición de tratar de dar lo mejor de nosotros mismos en lo que vayamos haciendo. Aunque sea algo que hagamos prácticamente a diario.
Podemos escoger pasar los días de diario deseando que se terminen lo antes posible para que lo antes posible también llegue el fin de semana o las próximas vacaciones.
De la misma manera que también podemos escoger tratar de disfrutar de cada día como una oportunidad que tenemos de aportar valor a este querido mundo nuestro que está tan estropeado y una oportunidad para cuidar de las personas que tenemos a nuestro lado.
En mi opinión, esto es lo único que resulta sensato. Porque de los 12 meses del año, 11 meses son de vida ordinaria y tan solo 1 mes, en el mejor de los casos, es de descanso. ¿De verdad estamos dispuestos a vivir con la mirada puesta en él como si el resto no existiese?
Sé bien que todo esto, que es tan fácil de escribir, resulta tremendamente complicado cuando la vuelta a nuestra vida ordinaria nos suponga volver a encontrarnos con muchas más dificultades de las que nos gustaría: algunos nos reencontraremos con trabajos con horarios o ambientes imposibles y otros nos reencontraremos con el desempleo, la ansiedad, las estrecheces, la incertidumbre, los agobios, el estrés o la soledad.
Si es nuestro caso, lo mejor que podemos hacer, una vez más, es acercarnos a Dios como niños que todo lo esperan de su Padre, y pedirle fortaleza para aguantar el tirón, consuelo para sobrellevar el dolor, luz para entender qué es lo que desde el Cielo quieren de nosotros o valentía para cambiar las cosas.
Es todo un lujo saber que tenemos a Dios ahí. Aunque tantas veces no entendamos. Aunque tantas veces se nos hagan difíciles sus tiempos. Podemos estar seguros de que desea lo mejor para nosotros y que siempre, siempre, siempre nos escucha.
A pesar de sus muchas dificultades, la vida cotidiana, vivida desde la Fe y desde el amor, puede ser un viaje apasionante.
La imagen es de Alexas_Fotos en pixabay
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