Todos convivimos con conflictos, malentendidos, resentimientos, rencores, traiciones o medias verdades. A veces sabemos de ellos, otras veces los vivimos de cerca y otras los protagonizamos. Porque todos, sin excepción, en ocasiones ofendemos a quienes nos rodean y todos, también sin excepción, en otras ocasiones nos sentimos agraviados.

Y, si bien es importante lo que pasó, no es menos importante, creo yo, cómo reaccionamos una vez que la ofensa quedó hecha y la cosa ya no tiene remedio.

Porque suele costarnos pedir perdón, especialmente si somos personas a las que se nos hace difícil reconocer nuestros errores y preferimos echar balones fuera. Y suele costarnos también perdonar, sobre todo si la ofensa ha sido importante, si somos personas rencorosas o si tenemos un ego más grande de lo que deberíamos. Pero aún más suele costarnos la reconciliación a la que también estamos llamados: ese paso más que nos lleva a estar abiertos a restablecer la relación con la persona perdonada.

Quienes queremos seguir a Jesús y tenemos claro que queremos hacer vida su Evangelio estamos llamados a vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a quienes van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

Ese amor a quienes nos rodean en unos casos se traducirá en regalar nuestro tiempo, en otros casos se traducirá en regalar consejo, en otros se traducirá en prestar ayuda de cualquier tipo y en otros casos se traducirá en perdonar y en facilitar la reconciliación. Porque el perdón y la reconciliación no son más que una de las muchas caras que tiene el amor.

Y, por eso, quien ama poco es capaz de perdonar poco y quien ama mucho, es capaz de perdonar mucho y tiene también facilidad para la reconciliación.

Hay veces que la reconciliación se nos hace especialmente difícil. Porque la ofensa ha sido demasiado grande para nuestra capacidad de amar. O porque la ofensa nos ha hecho perder la confianza en quien nos ha ofendido. En esos casos, una vez regalado el perdón, tenemos que conformarnos con estar abiertos a restablecer la relación tan solo en la medida en la que nos sea posible. Bastará por el momento.

Aunque siempre conviene acudir a Dios para que nos ayude continuar avanzando en ese camino del amor que a veces casi parece una carrera de obstáculos. Sabernos conscientes de nuestras muchas limitaciones nos facilita acercarnos a Él como niños que todo lo esperan de su Padre.

Cuando regalamos nuestro perdón y estamos abiertos a la reconciliación, nos encontramos, además, con un efecto secundario no buscado, que es nuestra paz interior. Porque cuando perdonamos sabemos que hacemos lo correcto y sentimos como que nos quitamos un peso de encima. Y, en cierto modo, también sabemos que hemos ganado una pequeña batalla a esas miserias que tanto cuesta ir sacando del corazón.

«Si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda»

Mateo 5, 23 – 24

2 comentarios

  1. Me encantó la rflexion de hoy sobre la reconciliación… el Evangelio comentado en nuestro idioma cotidiano. Es dificil? es fàcil? Vamos a intentarlo.
    Necesitaría un comntario sobre la esperanza. GRACIAS

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