Muchos de nosotros nos hemos hecho el firme propósito de hacer vida el Evangelio. Y aspiramos a llegar a ser un poco mejores cada mañana cuando nos suena el despertador y nos disponemos a enfrentar el día que tenemos por delante. Pero las cosas no siempre salen como querríamos y lo cierto es que, con más frecuencia de la que nos gustaría, sentimos que fallamos a Dios.
Posiblemente nunca hagamos mal a otros, al menos conscientemente. Pero como la nuestra no es una religión de mínimos, sino de máximos, lo cierto es que eso se queda corto. Cortísimo.
Estamos llamados a cuidar de las personas que nos rodean. No sólo a cuidarlas. De hecho, estamos llamados a amarlas, lo que es mucho más ambicioso; porque no es lo mismo hacer buenas obras que amar. Y nuestra meta, aunque nos suene casi a ciencia ficción, debería ser la santidad.
Por eso, fallamos a Dios cada vez que nos acomodamos a la mediocridad que nos rodea y nos mimetizamos con los valores y los comportamientos de esta sociedad nuestra que está tan estropeada. No porque un comportamiento esté extendido o aceptado está bien: estamos llamados a ser críticos y a plantearnos siempre si lo que vamos a hacer está bien o no. Aunque lo haga todo el mundo.
También fallamos a Dios cada vez que miramos para otro lado cuando convivimos con situaciones injustas. Y fallamos a Dios cuando dejamos de hacer todo lo bueno que podríamos estar haciendo por las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.
Los apóstoles estaban tan lejos de ser perfectos como nosotros lo estamos hoy. Y fallaron a su Maestro muchas veces, a pesar de convivían cada día con él y cada día aprendían su doctrina tanto a través de sus palabras como de sus obras.
Una de esas ocasiones tuvo lugar en Getsemaní, tras la Última Cena, cuando Jesús estaba atravesando uno de los peores momentos de su vida, porque sabía que estaban a punto de apresarlo, torturarlo y matarlo injustísimamente.
En ese momento tan terrible, pidió a Pedro, a Santiago y a Juan que le acompañaran y velaran y rezaran con él mientras oraba con Dios Padre. Y los tres se quedaron dormidos. Tres veces.
Jesús los conocía bien. Conocía perfectamente sus defectos. Pero conocía también perfectamente su fidelidad y la disposición de su corazón. Terminó dejándolos dormir y, cuando llegaron a apresarle, les facilitó la huida.
Así es también Dios Padre: generoso hasta el extremo. Afortunadamente, no nos da por nuestros méritos sino por el inmenso amor que nos tiene.
Nosotros, como los apóstoles a Jesús, también fallamos a Dios. Pero él es Padre y siempre estará ahí, dispuesto a perdonarnos, a facilitarnos la vuelta a casa y a volver a guiar nuestros pasos por el camino del amor.
Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar». Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo». Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo: «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega»
Mateo 26, 36 – 46
La imagen es de ulleo en pixabay
Deja una respuesta