En este querido mundo nuestro que pareciera que cada día gira más deprisa, debido a lo rapidísimo que está evolucionando la tecnología y la incidencia tan grande que ésta está teniendo en la forma en la que vivimos y en la forma en la que nos relacionamos unos con otros.
Con este frenético día a día que vivimos tantos de nosotros, hiperconectados y corriendo detrás de la agenda para poder llegar a cumplir con las tareas y las obligaciones de cada día.
Viviendo en esta sociedad de la inmediatez, en la que nos hemos acostumbrado a conseguir buena parte de lo que necesitamos sin más que hacer un click en la pantalla de nuestro teléfono.
Surge, cómo no, la tentación de buscar atajos en la vida espiritual, que querríamos llevar al mismo ritmo que vivimos nuestra otra vida, la que nos llena la agenda. Dos vidas que parece que vivimos en paralelo y no como si ambas fueran dos hebras que conforman juntas un mismo hilo.
Y buscamos atajos en el camino del amor.
Y buscamos atajos también en nuestra relación con Dios.
Pero los atajos en la vida espiritual no son posibles. No podemos acelerar, aunque quisiéramos, nuestro crecimiento espiritual. Somos como una planta que necesita de abono, agua, sol y tiempo para ir creciendo. O como un buen guiso, que requiere de su fuego lento.
Necesitamos vivencias, equivocaciones, fracasos, éxitos, reflexiones y aprendizajes para crecer y para tener una mirada sensible hacia los demás.
También para aproximarnos a Dios conscientes de nuestra pequeñez, como niños que todo lo esperan de su padre.
Necesitamos de tiempo para ir superando nuestras inseguridades, nuestros miedos y nuestros defectos. Y necesitamos de tiempo también para construir las relaciones con las personas con las que nos vamos relacionando.
También con Dios.
El camino es necesario. Y es el caminar lo que nos va transformando.
Para acompasar esas dos vidas que deberían ser dos hebras conformando un mismo hilo, en lugar de buscar atajos en la vida espiritual, posiblemente lo que muchos de nosotros deberíamos plantearnos cambiar es la otra vida, la de la agenda llena. Y tratar de ralentizarla en la medida de lo posible, priorizando bien en qué embarcarnos y sacando de ella todo aquello de lo que en realidad podríamos prescindir. Para que nuestro día a día no sea una sucesión de tareas sin más sino una sucesión de acontecimientos que somos capaces de vivir desde el amor. Saboreándolos. Con los cinco sentidos puestos en cada cosa que hacemos. Dándonos también en lo pequeño. Disfrutando del camino y tambén de los matices. Sabiendo ver la mano del Cielo.
Los atajos son, muchas veces, formas de salir del paso, formas de mediocridad. Y eso nada tiene que ver con esa religión de máximos desde la que estamos llamados a vivir.
La imagen es de qimono en pixabay
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