En la sociedad en la que vivimos, las personas nos ocupamos activamente de cuidar la imagen que proyectamos hacia afuera. Por ello, cuidamos de nuestro aspecto, nuestra forma física o nuestra ropa. En otro orden de cosas, anhelamos también ser vistos como personas a las que las cosas les han ido bien y la vida les sonríe. Y esto es algo que, en mi opinión, se está acentuando mucho en las generaciones más jóvenes, que pasan mucho más tiempo del que sería razonable en redes sociales, curioseando lo que sus pares cuentan sobre sus vidas y cuidándose de proyectar una imagen llena de filtros en la que solamente muestran su lado más social, más divertido o más viajero.
Lo que nosotros vemos en nosotros mismos es totalmente diferente: porque sabemos bien que en nuestra vida se van alternando los días de luces con los de sombras, los días de triunfos con los de fracaso, los días de alegrías y los de dolor, los días de novedades y los de rutina, los días de fe y los de desierto, los días de seguridad y los de incertidumbre, los días en los que parece que todo nos sale bien y esos días en los que parece que todo sale mal.
También conocemos demasiado bien las miserias que llevamos en el corazón, que tantas veces lastran nuestras decisiones y los pasos que vamos dando en la vida. Debilidades de las que no nos sentimos en absoluto orgullosos y que procuramos que los demás no vean, porque nos avergonzaríamos.
Y ahí nos vamos bandeando, intentando que no sea demasiado grande la diferencia entre la imagen que estamos proyectando y lo que de verdad somos.
Quienes tenemos claro que queremos hacer vida el Evangelio, luchamos cada día para ir avanzando en el camino del amor. Tratando de ir sacando de nuestra mochila las miserias que nos lastran. Tratando de llevar una vida cada vez más coherente con la Fe que decimos profesar. Tratando de ir siendo cada vez más libres de las ataduras del mundo o de lo que puedan pensar de nosotros.
Para avanzar en ese caminar contamos con nuestra fuerza de voluntad, pero contamos, sobre todo, con la mirada de Dios. Ese Dios que es, sobre todo, Padre. Ese Dios que ya nos pensó y ya nos quiso incluso antes de que naciéramos. Ese Dios que nos regaló a cada uno los talentos que íbamos a necesitar en nuestro paso por este mundo. Ese Dios que conoce bien lo que llevamos en nuestro corazón y que, a pesar de nuestras miserias, cuando nos mira ve lo que estamos llamados a ser y adelanta nuestra mejor versión.
Nosotros estamos llamados a mirar con esa misma mirada de Dios a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Una mirada que busca su bien. Una mirada que no se fija ni mucho ni poco en su aspecto exterior. Una mirada sin prejuicios, cercana, compasiva, comprensiva y dulce. Pero, sobre todo, una mirada llena de amor.
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Gracias, Marta