Posiblemente todos hemos tenido la experiencia de conocer a alguna persona que nos ha despertado el deseo de querer ser mejores. Una persona en la que hemos visto un estilo de vida, una luz o una actitud que nos ha hecho ver que otro modo de vida es posible y nos ha hecho desear llegar a ser así algún día.
Yo he tenido -y tengo- a varias personas que son desde hace ya mucho tiempo referentes para mí, que me han inspirado, que me han ayudado a sacar talentos que no sabía ni que tenía y que despertaron hace ya años en mí las ganas de querer ser mejor. Sé que nunca se lo podré pagar y siempre les estaré profundamente agradecida por tanto.
Todos nosotros también podemos contribuir, y mucho, a que quienes nos rodean también puedan ser mejores.
Mirándolos sin las gafas de los prejuicios. Tratando de descubrir lo bueno que tienen, adelantando lo que pueden llegar a ser… y actuando en consecuencia. ¡Anda que no cambia la vida de una persona cuando es capaz de quitarse la mochila de los complejos, los fantasmas o las inseguridades!
Teniendo hacia ellos -y hacia todos- una actitud positiva, sincera, cercana, humilde, empática, paciente y agradecida. Una actitud que facilite que el otro se sienta cómodo para recibir o para abrirnos el corazón y compartirnos sus preocupaciones o sus miedos.
Llevando una vida coherente con la Fe que decimos profesar. Una vida guiada por la brújula del amor. Una vida que no busca los primeros puestos. Una vida alejada de la cultura de consumo que nos rodea. Una vida de mucho trabajo, sí, pero con la confianza puesta siempre en Dios. Una vida de compromiso. Una vida vivida desde la esperanza, aún cuando las cosas se ponen feas. Una vida que no se rige por la lógica del mundo sino por la del Cielo. Una vida que hace profundamente feliz a quien sabe vivirla así y que es, además, generadora de felicidad a su alrededor.
Vivimos en una sociedad en la que Dios apenas si tiene cabida. Pero lo cierto es que las personas necesitamos de lo transcendente, de ese algo que dé sentido a nuestra vida. Y todos, antes o después, nos ponemos en búsqueda. Quienes nos reconocemos abiertamente cristianos tenemos la gran responsabilidad de tratar de dar testimonio con nuestra vida y con nuestra actitud de lo que eso significa. Porque, como le oí decir en una ocasión a mi prima Marta, nuestra vida será el único Evangelio que lean algunas personas. Y acercar a una persona a Dios es lo más bonito y lo más grande que podemos hacer por ella.
Esa forma de vivir, tan sencilla y tan honda al mismo tiempo, es a lo que nos llama Jesús cuando cuando nos invita a ser sal de la tierra.
Dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas. Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
Mateo 5, 38 – 48
La imagen es de sweetlouise en pixabay
Deja una respuesta