En el Evangelio vemos continuamente grandes asimetrías entre la forma en la que se conducía Jesús y la forma en la que se conducían los hombres de entonces. Son asimetrías que se mantienen hoy, siglos después, con la forma en la que nos conducimos nosotros.

Conviene tenerlas presentes, para no perder de vista lo mucho que aún nos queda por recorrer en el camino del amor.

Asimetría en las prioridades

Mientras que muchos de nosotros vivimos de una manera egoísta, haciendo girar nuestra vida alrededor de nosotros mismos, Jesús siempre supo poner en el centro de su vida al otro, especialmente al más desfavorecido, buscando su bien antes que sus propios intereses, su propio beneficio o su propia seguridad.

También hubo asimetría entre las prioridades del pueblo judío y las de Jesús. Y así, mientras el pueblo judío priorizaba un cumplimiento riguroso de la Ley, el Maestro priorizaba el bien del hombre, dijera lo que dijera la Ley. Jesús siempre supo conducirse desde esa libertad que da el amor, entendiendo que La ley estaba hecha para el hombre y no el hombre para la Ley; que que el sábado estaba hecho para el hombre y no el hombre para el sábado.

Asimetría en la forma de mirar a las personas

Buena parte de nosotros tenemos la mala costumbre de mirar a las personas con las gafas de los prejuicios. Y así, con un simple vistazo a su ropa, su aspecto, su gesto, su educación o su actitud, las clasificamos y obramos en consecuencia: si las sentimos afines o creemos que podemos sacar algún beneficio de la relación damos un paso más y, si no es así, no les concedemos ni la oportunidad de la escucha; porque lo cierto es que no nos interesa demasiado lo que puedan necesitar o llevar en el corazón.

Jesús, por el contrario, siempre supo mirar desde la gratuidad y desde el amor, viendo la realidad de las personas, pero también adelantando esa mejor versión en la que se podían llegar a convertir.

Asimetría en la forma de mirar a Dios

Nosotros nos acercamos a Dios muchas veces por interés: porque necesitamos consejo, apoyo, ayuda, luz, perdón o consuelo. Y nos despistamos de ese Dios que es, sobre todo, Padre, cuando parece que la vida nos sonríe y las cosas nos van bien.

Jesús buscaba siempre la compañía de Dios. Cuando las cosas le iban mal y cuando le iban bien. Porque, por encima de todo, buscaba conocer su voluntad y cuál era el plan que el Padre tenía para él. Y obró en consecuencia, incluso en los momentos en los que cumplir con ese plan sabía que se iba a traducir en sinsabores, dolores y sufrimientos.

Salió y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. 4Al llegar al sitio, les dijo: «Orad, para no caer en tentación». Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya»

Lucas 22, 39 – 42

La buena noticias es que a pesar de nuestras limitaciones, nuestras incoherencias, nuestros miedos y nuestras miserias, desde el Cielo nos quieren de manera incondicional.

Lo importante es que nos mantengamos ahí, avanzando, sin prisa pero sin pausa, en ese larguísimo camino del amor que todos estamos llamados a recorrer.

1 comentario

  1. Gracias Marta por esta bellísima reflexión. Que sepamos ver a Cristo en los buenos y malos momentos, que nos sintamos como la oveja con su Pastor. Feliz día!🙏

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