A lo largo de la vida hacemos muchas elecciones importantes.

Podemos elegir de qué tipo de amistades rodearnos. Podemos elegir por qué tipo de carrera profesional apostar. Podemos elegir con qué actitud enfrentar los problemas que se nos van presentando. Podemos elegir entre orientar nuestra vida hacia nosotros mismos u orientarla al servicio. Podemos elegir entre vivir una vida acomodada -en nuestra zona de confort- o una vida arriesgada, de máximos. Podemos elegir entre guardar nuestros talentos a buen recaudo o sacarles todo el partido posible, para tratar de llegar a convertirnos en nuestra mejor versión.

Son elecciones que condicionan enormemente nuestra vida, condicionan enormemente lo que somos y condicionan enormemente lo que vamos sembrando a nuestro alrededor.

Y son decisiones que, aunque tomamos en un momento dado, lo cierto es que hay que volver a reafirmar cada día cuando suena el despertador y nos levantamos por la mañana. Porque cada día podemos avanzar y cada día podemos, también, retroceder. Y no son pocas las ocasiones en las que estamos agotados antes de empezar el día o tenemos un conflicto interior.

Toda nuestra vida, seamos conscientes de ello o no, es un combate. Un combate entre el bien y el mal. Un combate que se juega, fundamentalmente, en nuestro corazón. Y se hace preciso tener criterio para elegir nuestras batallas.

Por otro lado, más allá de las batallas importantes, continuamente se nos presentan oportunidades que podemos tomar o podemos dejar pasar.

Algunos de nosotros, impulsivos, nos embarcaríamos en todas ellas. Porque parece que es muy motivador tener una nueva ilusión o un nuevo reto en la vida. Una vida en la que, si no, a veces parece como si nos comiera la rutina.

Pero en mi opinión es bueno que tomemos decisiones de de manera reflexiva.

Porque nuestro tiempo está muy limitado. Y cuando tratamos de meter demasiadas cosas en nuestra agenda lo normal es que empecemos a hacer todas mal y que además nos agobiemos por no llegar a todo.

Tampoco debemos olvidar que, siempre que elegimos algo, estamos renunciando a la posibilidad de llenar ese tiempo y nuestro espacio mental con otra cosa.

Y además, en el poco o mucho tiempo que tenemos es necesario hacer hueco también al descanso y al silencio. Tan necesarios para cuidar de nuestro cuerpo y para poder tener un estado del alma sereno, abierto a la escucha del otro y abierto a la escucha, también, de Dios.

Se hace imprescindible tener un criterio con el que elegir qué oportunidades coger y por qué batallas apostar. Y el mejor criterio, en mi opinión, es el que viene determinado por nuestro propósito vital.

Todas las personas que nos hemos propuesto, de corazón, hacer vida el Evangelio, tenemos un objetivo en la vida compartido: llegar a vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres, nuestros hermanos. ¿Por qué no usar ese filtro para decidir? Apostemos por aquellas batallas y aquellas oportunidades que contribuyan a hacernos avanzar en el camino del amor y dejemos pasar aquellas que nos dispersen en otras direcciones.

No pasa nada por decir que no a algunas de las oportunidades que se nos presentan. Lo importante, creo yo, es tener ese criterio que nos permita discernir y nos facilite tirar después para adelante, obrando en consecuencia con las decisiones tomadas. Sin mirar atrás.

Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y a muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír; y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas. Pero tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio. Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. ¡He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación.

Segunda carta de San pablo a Timoteo 4, 1 – 8

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.