Todas las personas nacemos con talentos cuando venimos a este mundo. Talentos como inteligencia, sensibilidad, palabra, simpatía, liderazgo, elocuencia, sabiduría o luz, que, ciertamente, están repartidos de una manera muy desigual entre nosotros.
Son talentos que estamos llamados a poner en funcionamiento para que den sus frutos, puesto que de nada sirven si los desperdiciamos guardándolos en un cajón. Así que, por mucho que en ocasiones nos dé cierto vértigo, tenemos la obligación de ponerlos en valor, arriesgando cuando sea necesario, para llegar a convertirnos en nuestra mejor versión aunque a veces eso nos lleve a cosechar algún que otro fracaso por el camino.
Cada uno de los talentos que tenemos conlleva una gran responsabilidad, porque nos nos ha sido regalado exclusivamente para nuestro uso y disfrute sino que se nos ha regalado, sobre todo, para ponerlo al servicio de los de los demás.
Y es así, poniendo nuestros talentos al servicio del bien común, como cada uno podemos poner nuestro granito de arena en la construcción del Reino de Dios.
Pero la construcción de ese Reino de Dios es algo tan ambicioso que requiere de trabajo en equipo. Y así, de la misma manera que en un equipo de fútbol hacen falta delanteros, defensas, centrocampistas, un portero y suplentes, quienes tenemos claro que queremos hacer vida el Evangelio y ser parte activa de la Iglesia, debemos tener también distintos roles.
Por eso las personas estamos equipadas con talentos de manera tan desigual; porque Dios para cada uno de nosotros tiene un plan y para eso nos ha equipado.
Por supuesto, cada uno de nosotros, haciendo uso de nuestra libertad, podemos elegir atender a su llamada o no hacerlo. Faltaría más.
Nuestra Iglesia, con sus luces y con sus sombras, es diversa, porque está compuesta por hombres y mujeres que estamos equipados con mochilas muy diferentes y tenemos distintas miradas. Esa diversidad la enriquece y es la que hace posible que pueda ser hogar y lugar de encuentro para todos.
Los talentos que cada uno tenemos no son fruto de nuestros méritos sino un regalo que recibimos al nacer. No tiene, por tanto, sentido que quienes estamos dotados de muchos talentos nos creamos mejores que otros. De la misma manera que no tiene sentido que quienes estamos equipados con menos talentos nos sintamos algo acomplejados.
Lo único que importa es que lo que tengamos -mucho o poco, lo mismo da- lo pongamos al servicio del Cielo y de las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.
Es un privilegio sentir que ese Dios, que además de Padre es todopoderoso y todo podría hacerlo solo, tiene tanto interés en que colaboremos con Él en la contrucción de su Reino siendo sus manos aquí en la tierra.
Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A este se le ha concedido hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere. Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. Pues el cuerpo no lo forma un solo miembro, sino muchos. Si dijera el pie: «Puesto que no soy mano, no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Y si el oído dijera: «Puesto que no soy ojo, no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿dónde estaría el oído?; si fuera todo oído, ¿dónde estaría el olfato? Pues bien, Dios distribuyó cada uno de los miembros en el cuerpo como quiso. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Sin embargo, aunque es cierto que los miembros son muchos, el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito». Sino todo lo contrario, los miembros que parecen más débiles son necesarios. Y los miembros del cuerpo que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan. Pues bien, Dios organizó el cuerpo dando mayor honor a lo que carece de él, para que así no haya división en el cuerpo, sino que más bien todos los miembros se preocupen por igual unos de otros. Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él. Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. Pues en la Iglesia Dios puso en primer lugar a los apóstoles; en segundo lugar, a los profetas; en el tercero, a los maestros; después, los milagros; después el carisma de curaciones, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?
Primera carta de san pablo a los corintios 12, 4 – 30
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