Hace unos días iba yo en el metro, muy temprano, camino a la oficina y presencié una detención: dos policías nacionales se llevaron, delante de todos los viajeros, a un pasajero de unos 20 años, moreno, alto, delgado y algo deseaseado, que andaba molestando a algunos pasajeros en un idioma que no fui capaz de reconocer.

La escena me impresionó y el resto del camino hasta el trabajo lo pasé pensando en aquel chaval. Y, en mi imaginación, concluí que posiblemente había llegado hasta aquella situación como consecuencia de haber tenido una vida con pocas oportunidades. Quizás no fue educado en un ambiente de cariño, quizás no tuvo acceso a una educación académica, quizás no fue educado en valores o quizás se viera obligado a emigrar de cualquier manera en busca de un futuro mejor y esté aquí solo. Nunca lo sabré.

Es cierto que, aún en una vida con pocas oportunidades, siempre se puede elegir el camino correcto. Pero no es menos cierto que las personas con pocas oportunidades están mucho más expuestas y tienen más facilidades para escoger el camino equivocado.

Las oportunidades, al igual que los talentos con los que venimos a este mundo, están repartidas de manera muy desigual entre nosotros. Los porqués de ese desigual reparto son algo que solo Dios sabe.

De lo que sí que podemos estar más que seguros es de que todos, cada uno con nuestras circunstancias, nuestras oportunidades y nuestros talentos, estamos llamados a vivir desde el amor; desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

También podemos estar más que seguros de que no a todos se nos pedirán los mismos resultados. ¿Cómo se va a exigir lo mismo a una persona a la que se le han dado pocas oportunidades que a una persona a la que se le han dado todas las oportunidades del mundo?

Aquí en la tierra el rasero de la justicia es el mismo para todos. Pero en el Cielo no será así: al que mucho se le dió mucho se le exigirá y poco se exigirá al que poco se le dio. Y ese es el criterio que es realmente justo. Es algo que sería imposible de implantar en nuestra vida en la tierra, pero que tiene todo el sentido según la lógica del Cielo.

Así que más vale que, quienes somos aficionados a compararnos con los que tenemos al lado, dejemos de hacerlo. No tiene ningún sentido, porque la mochila con la que cada uno recorremos el camino de la vida es única. De la misma manera que cada uno de nosotros somos únicos para ese Dios que es, sobre todo, Padre.

«Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles. El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá»

Lucas 12, 43 – 48

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