Los problemas -desamores, desengaños, equivocaciones, frustraciones, enfermedades, desempleos o fracasos- se presentan en nuestra vida regularmente aunque no queramos. Así que conviene que, cuanto antes, nos acostumbremos a convivir con ellos con total naturalidad.

Porque a pesar de esa convivencia nuestra más o menos estable con las dificultades, todos estamos llamados a florecer, todos estamos llamados a avanzar en el camino del amor y todos estamos llamados a hacer felices a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

Cuando se presentan los problemas conviene que les plantemos cara con una actitud luchadora y optimista. Una buena actitud nos ayuda a enfrentarlos y ayuda también a las personas que están a nuestro lado, porque tanto la fuerza como el optimismo son tremendamente inspiradores y tremendamente contagiosos.

Conviene, por supuesto, también, que hagamos todo lo que está en nuestra mano para solucionarlos. ¿Qué clase de cristianos seríamos si nos sentásemos en un sillón esperando que vinieran otros a cargar con nuestros problemas y a resolvernos las papeletas que se nos van presentando? Quienes nos decimos cristianos -y quienes esperamos poder serlo algún día- debemos estar siempre remangados y siempre dispuestos a trabajar para mejorar nuestras circunstancias y las de quienes nos rodean.

Agarrarse fuerte de la mano de Dios es, en mi opinión, imprescindible cuando las cosas se ponen feas. ¿No es Dios, acaso, nuestro Padre? ¿Quién nos va a aconsejar mejor? ¿Quién nos va a cuidar mejor? Podemos estar seguros de que lo tenemos siempre ahí, en la retaguardia, incluso cuando parece que no nos atiende o cuando parece que no nos da. Siempre, siempre, siempre nos escucha y cuando no nos da, también nos da.

En muchas ocasiones los problemas se ven venir con antelación. Eso tiene una parte buena, y es que nos permite, en cierto modo, prepararnos para enfrentarlos.

Ver venir los problemas con antelación tiene también un clarísimo peligro, y es que podemos empezar a pasarlo mal antes incluso de que se presenten, ampliando así tontamente nuestras preocupaciones y nuestro dolor.

Algunos de nosotros, posiblemente los que tienen una naturaleza más pesimista, tienden incluso a adelantar problemas que lo cierto es que después nunca terminan de llegar, con lo que se llevan disgutos innecesariamente. Y si encima son aficionados a darles vueltas, terminan magnificando la posible dificultad y su dolor, lo que resulta un perfecto sinsentido.

¿No será mejor dejar de mirarnos tanto a nosotros mismos y mirar más hacia los demás?

En mi opinión, frente a lo malo que puede estar por venir, lo más sensato es prepararse en la medida de lo posible y después dejarlo estar sin más. Tratando de no sufrir por adelantado. Esfozándonos para no preocupar antes de tiempo a quienes nos quieren. Y pidiendo, eso sí, a ese Dios que es sobre todo Padre, que se mantenga ahí, en la retaguardia, como siempre, al quite.

La imagen es de Geralt en pixabay

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