Hace unos días, escuchando una de las homilías del P. Christopher Hartley que nos comparten desde Mater Mundi TV, el P. Christopher habló, de pasada, sobre la humildad de Jesús. Y fue algo que me llamó mucho la atención porque lo cierto es que suelen ponerse en valor muchas cualidades valiosísimas del Maestro – su caridad, su bondad, su cercanía, su valentía, su paciencia, su honestidad o su coherencia- pero pocas veces se habla sobre su humildad. Y sin embargo, fue ésta un virtud que también le acompañó, y que le sigue acompañando a día de hoy.
No es la humildad la virtud más importante a la que debemos aspirar los cristianos. Nuestra principal aspiración ha de ser la de vivir desde el amor, tal y como nos enseñó Jesús. Vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres.
Pero no es menos cierto que la humildad es una virtud que contribuye, y mucho, a vivir desde el amor. En el caso de Jesús fue así. Y así debe ser también en el nuestro.
La humildad de Jesús se hizo visible en la encarnación. Por amor a su Padre y también a nosotros, siendo Dios, se hizo hombre. Nació tan vulnerable y tan necesitado de cuidados como cualquiera de nosotros y vivió, como nosotros, días de alegrías y también días grises con sus rutinas, sus preocupaciones, sus cansancios, sus inquietudes, sus miedos, sus decepciones, sus dudas y sus fracasos.
La humildad de Jesús se hizo visible en el espíritu de servicio con el que vivió siempre. El tiempo del que disponía que no dedicaba a la oración, lo aprovechaba para ir cuidando de todos aquellos que iban pasando a su lado, a quienes enseñaba su doctrina o curaba de las enfermedades y dolencias que tenían. Y así anduvo durante los tres años que duró su vida pública, de aldea en aldea, sin tener un hogar estable al que acudir cada noche a descansar.
«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados»
(Mateo 11, 4 – 5)
Y es también el servicio lo que nos propone como forma de vida, puesto que el amor que no se traduce en obras no es amor verdadero. Jesús nos propone vivir en contra de los valores que se han impuesto en nuestra sociedad. Nos propone no buscar los primeros puestos. Nos propone no buscar el halago de los otros. Nos propone que vivamos atendiendo a todas las personas que van pasando a nuestro lado.
«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos»
(Marcos 9, 35)
La humildad de Jesús se sigue haciendo evidente porque hoy, muchos siglos después de haber pasado por esta tierra y haber vuelto a la casa del Padre, habita en nuestros corazones. Y lo hace a pesar de nuestras muchas debilidades, a pesar de las miserias que nos acompañan y a pesar de lo mucho que le fallamos.
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