El día de Pentecostés Jesús encargó a los apóstoles que salieran a llevar su doctrina por el mundo entero. Para que les fuera posible hacerlo, sopló sobre ellos el Espíritu Santo y a partir de aquel momento sus vidas cambiaron para siempre. El Espíritu Santo les hizo comprender las escrituras y la profundidad de lo que habían vivido junto a Jesús durante aquellos tres años. El Espíritu Santo transformó sus corazones, los volvió valientes y desde ese momento ya no dudaron en salir a predicar la doctrina de su Maestro aún jugándose la vida. El Espíritu Santo hizo visible a quienes los escuchaban que estaban respaldados desde el Cielo, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua.
A nosotros también nos manda Jesús, como mandó entonces a los apóstoles, a compartir su mensaje con quienes van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.
Algunos serán llamados a la vida religiosa, y harán muy bien en decir que sí a esa llamada del Cielo. La mayoría de nosotros a lo que estamos llamados es a vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario, de la misma manera que vivió Jesús 30 años en Nazaret antes de comenzar su vida pública. Sintiéndonos corresponsables de quienes nos rodean; también de su vida espiritual.
En ocasiones compartiremos la doctrina de Jesús con la palabra. Pero como deberíamos compartirla siempre es con nuestra vida: una vida vivida según la lógica del amor y de manera coherente con la Fe que decimos profesar.
Eso es ser sal de la tierra y eso es ser luz del mundo. Y de esa siembra es de la que debemos ocuparnos.
Del crecimiento y de la la recogida será Dios quien se ocupe.
Porque las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida verán lo que Dios quiera, como Dios quiera y cuando Dios quiera. De alguna manera, será el Espíritu Santo quien les haga «entender en su propia lengua» lo que más les convenga, en el momento que sea más oportuno para su crecimiento personal y espiritual.
De la misma manera que a nosotros también nos regala que «entendamos en nuestra propia lengua» lo que nos va resultando más conveniente. Y así, ese Espíritu nos susurrará un día a través de las palabras de un amigo de la misma manera que nos susurrará otro día a través de la lectura de un pasaje del Evangelio en el que, como por arte de magia, descubriremos nuevos matices que nos darán respuestas a preguntas que teníamos sin resolver.
El Espíritu Santo está siempre ahí; va con nosotros. En las etapas bonitas de nuestra vida y en las que no lo son tanto. Tan solo debemos estar abiertos a sentirlo para reconocerlo.
Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.
Hechos de los Apóstoles 2, 1 – 8
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:
«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?».
La imagen es de SockSnap en pixabay
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