Muchos de nosotros tenemos una clara tendencia al apego a las cosas materiales.

En ocasiones nos apegamos a ellas porque nos traen recuerdos bonitos que, de alguna manera, conservando las cosas pareciera como si los reviviréramos en el corazón y los mantuviéramos con nosotros.

A veces nos apegamos a ellas porque pertenecieron a personas queridas antes de que pasaran a nuestras manos, en forma de regalo o de herencia. Y también, de alguna manera, pareciera como si a través de sus cosas mantuviésemos cerca su presencia.

Otras veces nos apegamos a ellas por lo mucho que costó conseguirlas: ¿cómo no apegarnos a una casa que compramos o que compraron nuestros padres con los ahorros de toda una vida?

Nos apegamos también a las cosas por lo que representan: porque simbolizan un determinado estatus que nos gusta tener o que nos gusta que otros vean que tenemos.

Todas ellas son razones valiosas para querer conservar determinados bienes materiales con nosotros y para que lleguemos, incluso, a cogerles cariño. Y están bien, siempre que sepamos convivir con ellos desde el equilibrio y desde la sensatez.

Porque no tendría sentido permitir que las cosas materiales nos ayuden a vivir más en el pasado que en el presente llevándonos en cierto modo, casi sin que nos demos cuenta, a desperdiciar el tiempo y las oportunidades que la vida nos irá poniendo por delante.

Tampoco tendría sentido dejar que las cosas materiales nos hagan sus esclavos: son las cosas las que deben estar a nuestro servicio, y nunca al revés.

Los bienes materiales en sí mismos no son ni buenos ni malos; lo que es bueno o malo es el corazón de quien los posee. Y una persona rica es mucho el bien que puede hacer poniendo sus bienes al servicio de aquellos que van pasando a su lado en el camino de la vida. Pero es bien sabido -fueron muchas las veces que Jesús advirtió sobre ello- que la riqueza tiene el riesgo de robar el corazón de quien la posee, que puede terminar viviendo, aún sin darse cuenta, para ella. Y no se puede servir a dos señores:

«Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero»

lucas 16, 13

Las cosas materiales son solamente eso: cosas. Es bueno que dejemos que ocupen en nuestra vida y en nuestro corazón el lugar secundario que deben ocupar, para que podamos centrarnos en lo que de verdad importa.

No sabemos cuánto tiempo tendremos aún por delante en este mundo ni qué circunstancias serán las que tendremos en los años venideros. Así que conviene aprovechar el aquí y el ahora para mantenernos cerca de Dios y a disposición de las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Lo demás no importa demasiado.

La imagen es de pony_up en pixabay

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