En nuestra vida se van alternando las etapas bonitas y las que no lo son tanto, los momentos de éxito y los de fracaso, las etapas de alegrías y las de tristezas.

Y todos nosotros, incluso los más felices, sufrimos cuando se presenta en nuestra vida el dolor en sus distintas formas: desamores, enfermedades, agobios, inseguridades, pobreza, traiciones o decepciones.

Y lloramos.

Pero si vivimos de una manera coherente con la Fe que decimos profesar, lo cierto es que serán muchas las lágrimas que nos ahorraremos:

Porque viviremos con la certeza de que al final de esta vida seremos juzgados tan solo por el amor que hayamos sido capaces de regalar. Y dejaremos de tener la mirada puesta los espejismos del mundo -todos ellos perecederos- para tenerla puesta en lo que es importante a los ojos del Cielo. Dejaremos así atrás multitud de pequeñas grandes esclavitudes que demasiadas veces nos roban el tiempo y el corazón.

Porque sentiremos ese respaldo del Cielo, que nos volverá valientes y nos ayudará a ir encontrándonos con nuestra mejor versión. Y tendremos esa actitud optimista que proporciona el vivir desde la Esperanza. Sabernos respaldados desde el Cielo también nos dará la seguridad y la confianza en el futuro que a veces nos falta y nos lleva incluso a llorar por situaciones desfavorables que podrían llegar a darse pero que es posible que incluso nunca ocurran.

Porque viviremos sabiendo que al final de nuestros días las bienaventuranzas cobrarán todo su sentido. Ese Dios que es, sobre todo, Padre siempre mirará con preferencia a sus hijos más pequeños, a los que más de todo les ha faltado, a los que más han sufrido, a los más vulnerables, a esos que hoy pareciera que son invisibles a los ojos de nuestra sociedad. Y, por fin, se hará justicia. Verdadera justicia.

Porque viviremos con la certeza de que habrá una vida después de ésta en la que reinará tan solo el amor. Y todo habrá merecido la pena. La resurrección fue una realidad en la vida de Jesús y lo será también en la nuestra.

En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice. «¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!». Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”». María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto».

Juan 20, 11 – 18

La imagen es de Wokandapix en pixabay

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