En nuestra sociedad miramos con admiración -y en ocasiones, incluso, con envidia- a las personas que consideramos que tienen éxito en la vida.

Miramos con admiración a aquellos que son guapos y estilosos y parece que pasan por la vida pisando fuerte por lo mucho que les acompaña su aspecto exterior. Y, muchos de los que estamos lejos de ser guapísimos o de tener un cuerpo de revista, soñamos con ser así algún día y procuramos cuidarnos para proyectar una imagen lo más aparente posible. Llegando, en algunos casos, a hacer incluso disparates tan solo para tratar de acercarnos a esos esclavos cánones de belleza que se nos han impuesto.

Miramos con admiración a quienes son líderes, tienen mucho poder o tienen una gran capacidad de influencia. Tanto si dirigen grandes empresas y sus decisiones impactan en sus compañías, en sus empleados y en la sociedad, como si son influencers y marcan tendencias en el estilo de vida o en la moda.

Miramos con admiración a aquellos que tienen mucho dinero, tanto si lo han ganado como si lo tienen de familia. Porque el dinero proporciona seguridad y facilita comodidades y caprichos. ¿A quién no le gustaría vivir en una casa de película o poder hacer viajes de ensueño?

La lógica del Cielo es bien distinta. Según la lógica del Cielo no importa ni mucho ni poco si se es guapo, no importa ni mucho ni poco si se tiene poder y no importa ni mucho ni poco si se tiene mucho dinero.

Todo eso son talentos y circunstancias que en sí mismos no son ni buenos ni malos. Lo que es bueno o malo es nuestro corazón y lo que nos lleva a hacer con ellos. ¿Al servicio de qué los ponemos?

La belleza, el poder o el dinero, podemos ponerlos exclusivamente a nuestro servicio, o podemos ponerlos al servicio de quienes van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

En ambos casos los talentos son los mismos, pero mientras que en el primero estaremos alcanzando el éxito a los ojos del mundo, en el segundo estaremos alcanzando el éxito a los ojos de Dios.

Según la lógica del Cielo alcanzaremos el éxito en la vida si amamos mucho. Y como el amor se ha de traducir, necesariamente, en obras, si amamos mucho, serviremos mucho. Las personas más exitosas a los ojos de Dios son -y siempre serán- aquellas que están más al servicio de todos. Sean guapas o sean feas, tengan poder o no lo tengan, sean ricas o sean pobres.

Esas personas, además, tendrán el privilegio de disfrutar, ya en vida, de una felicidad que nunca, nunca, nunca podrá proporcionar ni la belleza, ni el poder, ni todos los caprichos que podemos permitirnos comprar con dinero.

Por otro lado, conviene no olvidar que, mientras que los éxitos del mundo tienen fecha de caducidad -porque la belleza se marchita con los años y los sudarios no tienen bolsillos– el amor permanece para siempre. Y, además, facilita otra vida, en el Paraíso, tras nuestro paso por este mundo.

Vivir según la lógica del Cielo es una inversión. Compensa con creces en esta vida y compensará aún más después. Pero para llegar a vivir según sus normas hay que querer llegar y hay que ser valiente para romper con los valores que nos quieren imponer desde el mundo. Para poder hacerlo contamos con ese Dios que es, sobre todo, Padre y que siempre estará ahí, dispuesto a guiar nuestros pasos. Hagamos equipo con Él.

La imagen es de FliitsArt en pixabay

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