Bolsillo y dinero

La referencia a que los sudarios no tienen bolsillos no es original mía; se la oí en cierta ocasión al papa Francisco. Y me gustó tanto que la he recordado con frecuencia y hoy se la cojo prestada como título para este post; porque ilustra muy bien que cuando terminen nuestros días aquí en la tierra no nos llevaremos con nosotros ni el dinero ni los bienes materiales de los que hayamos podido disfrutar aquí.

El hecho de que a la otra vida no nos llevaremos bienes materiales es algo que todos sin excepción tenemos claro. Clarísimo. Siendo esto así, ¿cómo es posible que tantos de nosotros nos esforcemos hasta el absurdo por acumular, acumular y acumular?

Nos gusta acumular y a veces hasta incluso nos obsesiona. A unos nos gusta el dinero, a otros las casas, a otros los coches, a otros la ropa, a otros los zapatos, a otros dispositivos digitales y a otros las obras de arte. Lo mismo da.

En numerosas ocasiones Jesús previno sobre la riqueza en general y sobre el dinero en particular. No porque el dinero en sí mismo sea algo malo, que no lo es, sino porque con mucha frecuencia termina robando el corazón que quien lo posee:

El dinero suele robar el corazón porque lo cierto es que con él se consiguen muchas cosas. Con dinero se consigue bienestar, con dinero se consigue una buena formación académica, con dinero se consiguen influencias, con dinero se consiguen trabajos, con dinero se consiguen cuidados cuando se está enfermo y se solucionan muchos otros problemas de esos que suelen irnos sobreviniendo a lo largo en la vida. Y tanto es así, que es fácil que pongamos toda nuestra confianza y toda nuestra esperanza en él en lugar de hacerlo en ese Dios que, sobre todo, es Padre, y que además todo lo puede.

Por otro lado, el dinero suele robar el corazón porque mantenerlo, moverlo, o acrecentarlo, requiere mucho tiempo, mucho esfuerzo y muchas preocupaciones. Lo que nos hace reducir notablemente, si no del todo, nuestra dedicación a los demás. Termina entonces convirtiéndose en un ídolo al que se sirve y para el que se vive.

Jesús, muy consciente de este riesgo, ya advirtió a los suyos años atrás y nos sigue advirtiendo hoy también a nosotros:

No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. 

Evangelio mateo 6, 19 – 21

Muchos de nosotros tratamos de asegurar nuestro bienestar en el futuro. Y pensando en los años venideros -en los que ya estaremos más mayores- ahorramos y contratamos seguros y planes de pensiones. Y cuando lo conseguimos nos quedamos contentos, con esa satisfacción que deja el sentir que hemos hecho las cosas bien.

Pero ¿no deberíamos ordenar las prioridades que tenemos en la vida atendiendo a lo que será valioso a largo plazo en lugar de ordenarlas con la mirada puesta tan solo en la vida en la tierra? ¿Cuándo cambiaremos nuestra actitud y nuestra disposición y empezaremos a vivir pensando en acumular lo que son las verdaderas riquezas para el Cielo?

El único tesoro que nos llevaremos a la otra vida será ese del que se nos pedirá cuentas en nuestro juicio final: el del amor que hayamos sido capaces de regalar tanto a Dios como a las personas que hayan ido pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

La imagen es de Capri23auto en pixabay

1 comentario

  1. Que bien nos viene!!! Es muy raro estar despegado de las cosas materiales, nos sentimos más seguros cuando la cuenta en el Banco esta más rellenita. Me ha gustado recordar que nuestro Padre lo lleva Todo.
    Gracias. Un abrazo

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