Sentido común es un concepto que admite distintas interpretaciones. Una de las que a mí más me gusta la recoge la wikipedia y es ésta: «es una facultad que posee la generalidad de las personas, para juzgar razonablemente las cosas».

Aunque el término es, ciertamente, poco preciso, creo que hay virtudes asociadas a él que todos aceptamos:

Gracias a ese llamado sentido común distiguimos, más o menos objetivamente, lo que nos rodea: distinguimos el bien del mal o la razón de la ignorancia.

Gracias a ese llamado sentido común tenemos criterio y tomamos decisiones desde la practicidad.

Gracias a ese llamado sentido común actuamos, habitualmente, desde la sensatez.

Sin embargo ese llamado sentido común es algo que hoy parece que no está demasiado extendido en nuestra sociedad. Tampoco entre muchos de quienes aspiramos a hacer del Evangelio nuestro estilo de vida.

Porque nos dejamos arrastrar por la sociedad y sus valores, como borreguitos, hacia donde nos quieran llevar. Y en demasiadas ocasiones hacemos lo mismo que hace todo el mundo sin siquiera plantearnos si eso que hacemos está bien o está mal, si nos conviene o si resulta conveniente para las personas que pueden verse afectadas por nuestras decisiones.

Porque demasiadas veces nos dejamos cegar por nuestras miserias -egoísmo, envidia o soberbia- perdiendo con ello ese criterio, esa objetividad y esa sensatez que habitualmente ayudan a tomar las decisiones adecuadas en el camino de la vida.

Porque nos dejamos envolver por esa cultura de la inmediatez -que tantísimo se ha impuesto entre nosotros- que nos lleva a buscar la satisfacción a corto plazo, sin pensar ni por un momento qué es lo que de verdad importa o de qué se nos pedirá cuentas al final de nuestros días.

Es necesario, creo yo, que los cristianos -y quienes aspiramos, de verdad, a llegar a serlo algún día- anclemos nuestro el sentido común en los valores del Evangelio. Y que sean sus criterios y su lógica los que guíen los pasos que vamos dando y las decisiones que vamos tomando en la vida.

Tendremos así un sentido común compartido como colectivo, como comunidad, como Iglesia. Esa Iglesia que constituimos todos los que nos tomamos en serio a Jesús y a su Evangelio. Esa Iglesia diversa, que es lugar de acogida y lugar de encuentro para tantos de nosotros. Esa querida Iglesia nuestra, con sus luces y sus sombras.

Un sentido común que nos lleve, de verdad, a buscar para los demás aquello que querríamos para nosotros mismos. «Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella; pues esa es la Ley y los Profetas» (Evangelio Mateo 7, 12).

Un sentido común que nos lleve a vivir desde la generosidad y a anteponer las necesidades del otro a las nuestras.

No será un sentido común compartido con el resto de la sociedad; porque ser cristiano no está de moda y tampoco lo están ni sus valores, ni sus criterios ni su lógica. Será, más bien, un sentido común «alternativo».

Jesús supo vivir a contra corriente y nos invita a que lo hagamos también nosotros, siendo las manos del Dios aquí en la tierra. Debería ser, para todos nosotros, un privilegio y un honor llegar algún día a estar a la altura de esa invitación y esa confianza, tan halagadoras como inmerecidas.

La imagen es de Alexas_Fotos en pixabay

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