En la vida de todas las personas se alternan los momentos buenos y los que no lo son tanto.

En ocasiones atravesamos etapas reconocimientos, de fiestas, de alegrías, de sentirnos muy queridos, de saber que nos van bien las cosas. También etapas en las que, sin ser necesariamente ricos, nos sabemos desahogados, no tenemos que andar controlando el detalle de los gastos que tenemos y nos sentimos tranquilos en lo material. En algunos casos el desahogo es grande y nos permite incluso plantearnos disfrutar de algún que otro capricho, ahorrar o invertir.

En otras ocasiones parece que la vida no nos sonríe tanto y nos toca atravesar momentos difíciles, momentos de desesperanza, fracasos, miedos, agobios, preocupaciones o estrés. También etapas adversas en lo económico en las que tenemos que andar mirando con lupa los gastos que tenemos para poder llegar a fin de mes.

Ambas son parte de la vida. Y porque tenemos etapas de adversidad podemos valorar las etapas de prosperidad como el tesoro que son.

En las etapas de prosperidad económica, especialmente si son muy prolongadas en el tiempo, corremos el riesgo de venirnos arriba y sentir que nos va bien porque nos lo merecemos. Corremos el riesgo de creernos que nuestros éxitos se deben exclusivamente a nuestros méritos. Corremos el riesgo de que la soberbia se adueñe de nuestro corazón. Y corremos también el riesgo de que el dinero se convierta en el señor al que empecemos a servir. Yo no entiendo demasiado bien por qué el dinero y el poder tantas veces roban el corazón y envilecen a las personas, pero lo he visto en ocasiones y, sobre todo, se que fueron muchas las veces en las que Jesús advirtió sobre ello.

En las etapas de adversidad económica corremos el riesgo de venirnos abajo. Corremos el riesgo de perder la confianza en nosotros mismos y de sentir que no valemos gran cosa. Corremos el riesgo de perder la confianza en Dios. Corremos el riesgo de caer en la desesperanza. Y corremos también el riesgo de querer buscar culpables en otras personas, de culpar a nuestra mala suerte o de culpar incluso al mismísimo Dios.

Las etapas de prosperidad, sin embargo, deberían servirnos para sentirnos profundamente agradecidos a Dios por tanto como nos da, porque nuestros logros son, en buena parte, sus logros. Y para sentir que ese talento con el que nos regala es, como el resto de los talentos con los que contamos, algo de lo que disponemos para nuestro beneficio pero, sobre todo, para el de los demás.

Las etapas de adversidad económica deberían servirnos para aprender, para acercarnos más a Dios, para sentirnos como niños que dependen de ese Dios que es, sobre todo, Padre. Solo estando fuertes por dentro, ganaremos también esa fortaleza que nos ayudará a venirnos arriba para poder enfrentar la situación y salir adelante. Aunque es bien cierto que los tiempos del Cielo son muy diferentes a los nuestros, podemos estar más que seguros de que Dios siempre, siempre, siempre nos escucha y nunca nos deja solos.

Las circunstancias económicas que nos van acompañando a lo largo de nuestra vida son solamente eso: circunstancias. Lo importante es que sean cuales sean esas circunstancias en las que nos vaya tocando vivir, seamos capaces de ir creciendo en el amor y de ir, cada vez más, viviendo la vida ordinaria con un corazón extraordinario.

La imagen es de natttanan23 en pixabay

2 comentarios

  1. Me encanta este post. Qué gran verdad. Me ayuda a mi y a mucha gente. Que sigamos sintiendo tanto los cuidados De Dios!!

    1. Siempre hay que pensar .
      CUANDO ESTES CONTENTO Y TENGAS TODO, ACÚERDATE DE ÉL.
      QUE CUANDO ESTES TRISTE Y SOLA, EL SE ACORDARÁ DE TI….

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.