Muchos de nosotros conocemos la doctrina de Jesús y nos hemos propuesto, muy en serio, hacer del Evangelio nuestro estilo de vida. Pero lo cierto es que son muchas las veces en las que nos despistamos, bajamos la guardia y nos vemos envueltos y arrastrados por los valores del mundo.

Esto no es nada nuevo. Antes que a nosotros, siglos atrás, ya les pasó a los apóstoles una y otra vez, pese a estar conviviendo día y noche con ese Maestro suyo y nuestro, que no hacía más que mostrarles con sus palabras y con sus acciones el camino a seguir.

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.»

Evangelio Marcos 9, 30 – 35

A Jesús ya le había sido revelado desde el Cielo cuál iba a ser su final. Y él a su vez se lo estaba compartiendo a los suyos, para que lo supieran de antemano y estuvieran también -en la medida de lo posible- preparados. Su muerte no iba a ser un fracaso: era el plan de Dios, necesario para la salvación de los hombres. Y, además, al tercer día resucitaría.

Iría sin duda alguna Jesús angustiado ante el sufrimiento que ya sabía que le esperaba e iría también apesadumbrado por esos apótoles a los que iba a dejar ya solos aquí en la tierra con la importantísima misión de extender si mensaje.

Pero esos apóstoles suyos, lejos de empatizar con Él y sentir su estado de ánimo y lejos también de entender la importancia de lo que les estaba contando, discutían entre ellos quién era el más importante.

¡Qué solo se tuvo que sentir Jesús! ¡qué incomprendido! Aquellos íntimos suyos que llevaban ya años conviviendo con Él, escuchando su doctrina y viendo con sus propios ojos cómo hacia de ella su estilo de vida, demostraban que aún no la habían entendido… o al menos que aún no les había calado en el corazón.

Visto desde nuestra perspectiva, siglos después, nos cuesta entender la falta de sensibilidad de aquellos apóstoles y la dureza de sus entendederas. Pero lo cierto es que muchos de nosotros no estamos lejos de ellos. ¿Acaso no hacemos lo mismo? ¿No discutimos también nosotros por nuestro camino?

A algunos, nos siguen resultando demasiado atractivos, como a aquellos apóstoles, los primeros puestos y ser reconocidos como triunfadores a los ojos de los demás.

A otros nos siguen envolviendo los espejismos del mundo, su invitación al consumo sin medida y la tentación de la búsqueda de una felicidad efímera, mal entendida, que nos lleva de viaje a ninguna parte.

Hay a quienes miserias como el egoísmo, la envidia, la soberbia o el rencor nos tienen tan secuestrado el corazón que nos dejan anulados para las cosas del Cielo y las cosas de los demás.

Otros nos dejamos enredar en exceso por la agenda y las jornadas laborales sin límite horario y de alguna manera accedemos así a no tener ni un segundo libre ni para Dios ni para los demás.

También hay quienes optamos por dejar las cosas de Dios para más adelante: para cuando estemos más asentados o para cuando estemos jubilados y ya se hayan ido los hijos de casa. Un error enorme, puesto que ninguno de nosotros sabemos cuánto tiempo viviremos ni cuáles serán las circunstancias que rodearán nuestra vida en el futuro.

¿Por qué no focalizar nuestra vida desde ya en lo que de verdad importa?

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