En el mundo en el que vivimos, se han ido imponiendo la cultura del individualismo, la cultura de la indiferencia y la cultura del descarte. Y tanto es así, que hemos llegado a ver casi como normal, sin inmutarnos, cómo nuestra sociedad deja abandonadas a su suerte a las personas más vulnerables, de la misma manera que descuida el planeta -nuestra casa común- a sabiendas de que con ello deja un problema muy serio a las generaciones venideras. Hoy tenemos por delante el gran reto de combatir esas culturas y transformar nuestra sociedad para que en ella se vaya haciendo fuerte, en su lugar, la cultura del cuidado: una cultura en la que velemos los unos por los otros.

Como Humanidad hace ya años nos dimos cuenta de que dependemos unos de otros; por ello, hace ya un tiempo, se acordaron y establecieron los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que marcaron -y marcan- la hoja de ruta de países, administraciones, empresas y ONG. Son unos objetivos con sentido y ambiciosos, pero que no han calado entre las personas particulares.

Si bien es cierto que, en estos últimos meses, gracias a esta pandemia que nos ha puesto contra las cuerdas, sí se nos ha hecho evidente a todos esa dependencia y se nos ha hecho evidente también que nuestro mundo es, de verdad, global. Y hemos tomado conciencia que de nada vale que nos vacunemos las personas de los países ricos si no facilitamos que se vacunen también las personas de los países menos favorecidos, porque de no hacerlo, el virus seguirá mutando y más pronto que tarde estaremos todos, de nuevo, en la casilla de salida. Hoy sabemos que todos estamos conectados y que nadie puede quedarse atrás.

El objetivo de hacer evolucionar la sociedad hacia la cultura del cuidado es ambicioso. Tanto, que lo que frente a él podemos sentir la mayoría de nosotros es que es algo que está fuera de nuestro alcance, que nos viene grande. Más bien, grandísimo. Porque quienes tienen en sus manos solucionar los grandes retos sociales que tenemos hoy en día entre nosotros, son los gobernantes y las personas que dirigen las grandes organizaciones internacionales que guían los pasos del mundo.

Y así es. Nosotros no podemos cambiar solos la cultura y los valores del mundo. Desde luego que no. Pero no es menos cierto que sí que tenemos capacidad de influencia, en nuestra calidad de ciudadanos y también como personas particulares.

Como ciudadanos es mucho lo que podemos demostrar y conseguir con nuestro estilo de vida, con nuestro comportamiento como consumidores, con lo que decidimos hacer con nuestro voto, con el tipo de empresa en la que escogemos trabajar o el tipo de inversiones por las que apostamos.

Como personas particulares tenemos en nuestra mano hacer vida esa cultura del cuidado. Una cultura en la que reine el servicio, la acogida, la búsqueda de la justicia, la lucha por una paz bien entendida, la búsqueda del bien común y el mirar por el bien del otro.

No podemos echar balones fuera y exigir de nuestros gobernantes lo que nosotros no hacemos en los entornos en los que cada uno nos movemos: somos corresponsables de lo que pasa a nuestro alrededor.

En la medida en la que nosotros hagamos vida esa cultura del cuidado se irán transformando los entornos en los que cada uno nos movemos. Eso es lo que Jesús nos llamaba a hacer cuando nos invitaba a ser sal de la tierra.

Ese Jesús que, como Buen Pastor, no hizo sino cuidar de las ovejas que el Padre le había encomendado. Y también de las que llegarían después.

Para terminar este post, os dejo por aquí enlazado el mensaje «La cultura del cuidado como camino de paz», que nos dejó el papa Francisco en la Jornada Mundial de la Paz 2021, y que recogió Mater Mundi TV.

La imagen es de wohnblogAt en pixabay

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