Muchos de nosotros aprovechamos los días de vacaciones para desconectar. Desconectar, sobre todo, de las rigideces que llenan nuestra vida cotidiana durante el invierno -habitualmente ligadas a nuestros estudios, a nuestro trabajo o a nuestras responsabilidades familiares- que se traducen en un sinfín de obligaciones que nos hacen comenzar el día bien temprano -por supuesto a golpe de despertador- y que nos llenan la agenda de prácticamente de todo el día.
Unos días de descanso resultan más que saludables, porque nos ayudan enormemente a que retomar después nuestras obligaciones con energías renovadas, con ilusión, con una mirada nueva y con ganas de hacerlo mejor.
Lo que no deberían caber en estos días de descanso, en mi opinión, son otras desconexiones que también hacemos algunos de nosotros con el cambio de ritmo que nos proporcionan las vacaciones.
No deberíamos aprovechar estos días para desconectar de Dios. La relación con nuestro Padre es una relación que hay que cultivar, como el resto de relaciones que mantenemos con otras personas. Con Dios, como con nuestros familiares o nuestros amigos, también es importante «el roce». Y los días de descanso lo cierto es que resultan ser un tiempo estupendo para estar con Él: porque tenemos la agenda descargada de obligaciones y contamos con más tiempo disponible, porque nos sentimos mucho más descansados y porque estamos relajados. ¿Cómo no aprovechar para pasar más tiempo juntos, para contarle, para pedirle perdón, para pedirle consejo, para escucharle, para pedirle paz, para darle las gracias por tanto o para estar con Él sin más?
Afortunadamente Dios no cierra por vacaciones: lo tenemos ahí todo el año: 24 horas al día y 7 días a la semana. En la retaguardia. Disponible en el momento que mejor nos venga. Esperando que le demos más cabida en nuestra vida para participar en ella más activamente. Deseando que demos nosotros ese primer paso para Él contarnos, consolarnos, regalarnos, o para estar también con nosotros sin más. ¿Qué padre o madre de aquí de la tierra no entiende eso? ¿acaso no estamos nosotros encantados cuando nos buscan nuestros hijos simplemente para estar con nosotros, sin necesitar nada en particular?
No deberíamos, creo yo, desconectar de las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida, de sus preocupaciones, de sus miedos, de sus problemas o de sus necesidades. Los cristianos, y quienes aspiramos a serlo, debemos ser las manos de Dios en la tierra siempre. Todos los días del año.
Tampoco deberíamos desconectar de aquellas personas que, sin ser cercanas, sabemos que atraviesan momentos difíciles. ¡Cómo no se nos va a ir estos días el corazón a tantos afganos a los que les espera un futuro tan incierto!, ¡cómo no pensar en si hay algo que podríamos hacer!, ¡cómo no rezar por ellos!
No deberíamos desprendernos tampoco de la disposición al servicio que siempre debe acompañarnos, estemos en la circunstancia en la que estemos.
Los días de vacaciones, por ser unos días en los que en cierto modo nuestra vida cotidiana se para, son un tiempo estupendo también para hacer balance, para volver a pensar si estamos en el camino adecuado, para volver a soñar que otro mundo es posible y que nosotros -desde el pequeño gran espacio en el que nos movemos cada uno- podemos impulsar su cambio, para valorar lo que tenemos y para sentirnos profundamente agradecidos.
La imagen es de Kaique Rocha en pexels
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