En la sociedad en la que vivimos, muchos de nosotros buscamos relacionarnos de manera muy preferente -conscientemente o sin darnos cuenta- con nuestros pares: personas que viven circunstancias afines a las nuestras, o que tienen una educación similar, o con las que compartimos una determinada ideología política o una forma de ver la vida.

Nuestros medios de comunicación, los grupos de whatsapp o las redes sociales facilitan enormemente que, si así lo queremos, podamos vivir en un mundo tremendamente endogámico, en el que recibimos información y nos relacionamos casi exclusivamente con esos que nos son afines. Y vamos así desconociendo, cada vez más, lo que piensan o los pasos que van dando aquellos que de una u otra manera, no consideramos de los nuestros. Y también nos vamos polarizando en nuestra postura.

¿Cómo es posible que renunciemos así, sin más, a la riqueza que siempre lleva consigo la diversidad de visiones, de opiniones y de formas de ver la vida? ¿Cómo no damos importancia a tanto como perdemos por no compartir con otros, enseñarles o aprender de ellos?

Posiblemente nos resultaría mucho más fácil aceptar a esos que no nos resultan afines si tuviéramos la mirada puesta más en aquello que nos une que en aquello que nos separa.

Jesús no se rodeó de sus pares en absoluto. Siendo Dios hecho hombre escogió como apóstoles a personas que no destacaban ni por su conocimiento de las escrituras, ni por su santidad, ni por sus habilidades, ni por sus influencias: más bien se rodeó de personas sencillas, no especialmente instruidas ni virtuosas. Y durante sus tres años de vida pública, más allá de los apóstoles, también se rodeó el Maestro muy preferentemente de personas que, por una u otra razón, habían quedado al margen de la sociedad; porque tenía meridianamente claro que no había venido a curar a quienes estaban sanos sino a quienes estaban enfermos.

Es necesario que, como hizo Jesús entonces, los cristianos de hoy -y los que aspiramos a serlo- estemos muy abiertos a conocer a los otros, a entender qué les mueve, a comprender sus porqués, a compartir con ellos, a apoyarlos y a recibir su apoyo.

Y también esta querida Iglesia nuestra que conformamos quienes nos tomamos muy en serio a Jesús y a su Evangelio, de la que cada uno de nosotros somos corresponsables.

Como personas particulares y como parte de la Iglesia que somos, es bueno que tengamos una clara disposición a la acogida, especialmente hacia quienes están más en los márgenes. Haciéndolo desde la cercanía, desde la calidez, desde el cariño, desde la comprensión, desde la empatía, desde la apertura a pedir perdón y a perdonar y desde la misericordia. Sin juicios. Sin superioridad moral.

Porque cuando las personas se sienten acogidas y, de verdad, queridas, ganan seguridad, mejoran su autoestima, ganan confianza en sí mismas, se les hace más fácil encontrar su misión en la vida y su razón de ser. Y se les hace mucho más sencillo también poder sacar su mejor versión, florecer y compartir.

Saber acoger haciendo sentir cómodo al otro es un arte. Un arte que podemos cultivar para que nos acompañe siempre, en todos los ámbitos de nuestra vida.

La imagen es de sweetlouise en pixabay

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