Tras la fiesta de Pentecostés que celebramos hace dos semanas, hemos entrado en lo que en el calendario litúrgico se llama el tiempo ordinario: el tiempo que no coincide ni con la Pascua y su Cuaresma, ni con la Navidad y su Adviento.

Son 34 de las 52 semanas del año en las que no se celebra ningún aspecto particular del Misterio de Cristo. Es el período más largo y es también el tiempo en el que la comunidad de bautizados es llamada a profundizar en el mensaje de Jesús y a vivirlo en el desarrollo de la vida de todos los días.*

De la misma manera que en el año litúrgico hay períodos especiales pero la mayor parte del tiempo es considerado como «ordinario», en nuestra vida tenemos etapas en las que ocurren cosas relevantes, pero lo cierto es que la mayor parte de ella está compuesta por esas pequeñas grandes cosas de la vida cotidiana, en las que aparentemente no hay nada demasiado relevante que resaltar. Esa vida cotidiana de familia, de trabajo o de vecindario, en la que buena parte de nuestras horas las invertimos en trabajar, dormir, cuidar de los nuestros o hacer las tareas domésticas.

Así fue también en el caso de Jesús, quien vivió 30 de sus 33 años una vida rural, sencilla, de carpintería, de campo, de familia, en la que aparentemente no había gran cosa que resaltar. Aparentemente.

No es casualidad, creo yo, que la mayor parte de nuestro tiempo sea el «ordinario». Porque es en la sencillez de la vida ordinaria, cotidiana, con sus luces y con sus sombras, en la que estamos llamados a ser de Dios, estamos llamados a florecer y estamos llamamos también a hacer de nuestra vida algo extraordinario. Aunque vista desde fuera, pueda no parecerlo.

Los días de agobio, o los días grises, o esos días en los que nos invade la tristeza o la melancolía, o esos en los que parece que nos come la rutina o esos que nos encontramos desbordados de trabajo y andamos corriendo detrás de la agenda, o esos en los que parece que no acertamos con nada de lo que decimos y nada de lo que hacemos, son días de Evangelio y días de Dios. Son días que nos facilitan el aprendizaje, son días que nos bajan los humos y hacen que desaparezca nuestra soberbia, son días que hacen posible que en otras ocasiones podamos entender a los otros, son días que nos llevan a acercarnos a Dios sintiéndonos niños, son días que impulsan nuestro crecimiento personal y el crecimiento en la Fe. Y son días que, por supuesto, pueden y deben ser también extraordinarios. Porque lo que convierte a un día en extraordinario es el amor que hemos puesto en él.

Los días de triunfos, los días bonitos, los días en los que nos sentimos reconocidos, los días en los que nos sentimos especialmente queridos, los días en los que sabemos que acertamos con las decisiones que vamos tomando y los pasos que vamos dando o los días en los que parece que todo va bien, también son días de Evangelio y días de Dios. Son días extraordinarios que nos hacen sentirnos agradecidos por tanto. Pero lo que los convierte de verdad en extraordinarios, no son los logros que hemos recogido, sino cuánto ha sido el amor que hemos puesto en ellos.

Si todos nuestros días fueran de triunfos, no los viviríamos como días especiales. Necesitamos vivir días no tan buenos para apreciar los de triunfos como el regalo que son. Por eso todos ellos son necesarios.

Aprovechemos cada día como la oportunidad única que es de dar y recibir. Sobre todo de dar. Tanto si es un día aparentemente gris como si es un día de triunfos. Es nuestra actitud y nuestro corazón lo que determina que cada día merezca la pena.

La imagen es de Nataliya Vaitkevich en pexels

*Esta definición del tiempo ordinario está tomada de wikipedia

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