Las personas solemos buscar la seguridad y la estabilidad. Nos gusta tenerlo todo más o menos controlado y saber –en la medida de lo posible– lo que va a pasar. Es en ese escenario con el que nos sentimos cómodos, con el que dormimos tranquilos. Y es el escenario en el que fácilmente tomamos decisiones y asumimos sus consecuencias.
Cuando tenemos claro lo que queremos, tanto en el ámbito personal como en el ámbito profesional, todo resulta más o menos fácil. Porque tener objetivos nos facilita organizarnos e ir dando pasos para alcanzarlos.
El problema se nos presenta cuando no tenemos claro qué conviene hacer, qué es lo que queremos, cuál es la opción correcta, en qué dirección debemos avanzar. Y tenemos que decidir sin estar seguros porque no podemos quedarnos parados.
¿Quién de nosotros no ha experimentado esa realidad durante estos meses de pandemia que hemos vivido? Todos nos hemos encontrado de la noche a la mañana frente a una realidad desconocida, que no sabíamos cuánto iba a durar y hemos tenido que seguir tomando decisiones -unas más relevantes y otras pequeñas, más propias de la vida cotidiana- improvisando un día detrás de otro.
Más allá de esta situación imposible de prever y que a todos nos ha pillado por sorpresa, en otras ocasiones también tenemos dudas sobre qué hacer. Y cuando nos ocurre frente a decisiones que son importantes nos desesperamos. Y algunos de nosotros incluso nos atrevemos a pedirle a Dios que os mande una señal: algo que nos haga ver claro qué camino es el que debemos seguir. Y habitualmente esa señal no llega, o no sabemos verla. Y como tenemos que avanzar, terminamos tomando decisiones sin tenerlo todo claro.
Es el momento de la Fe. Es el momento de poner la confianza en Dios. Es el momento de dejarse guiar por el Espíritu. Es el momento de arriesgar. Es el momento de tomar conciencia de sabernos niños en las manos de ese Dios que es, sobre todo, Padre.
Es el momento de esperar y de soñar con que las cosas saldrán bien, aunque no resulten como en un principio las habíamos imaginado.
Es el momento de confiar en que, incluso cuando el panorama no pinte del todo bien, será por algo. Porque todo tiene su porqué y su para qué.
Y, cuando todo pase y miremos para atrás, muy posiblemente veremos el camino que hemos recorrido y lo mucho que hemos crecido en la Fe.
Vivir sin seguridades y atravesar etapas de incertidumbre y superarlas es todo un aprendizaje que nos lleva a vivir de otra manera. Quizá más libres, más ligeros. Planificando en la medida de lo posible si es que nos gusta hacerlo, pero con más conciencia de que son muchas las oportunidades no previstas que siempre se van presentando y que podemos aprovechar. Porque este Padre nuestro, que tanto nos cuida y tanto nos quiere es, además, el Dios de las Sorpresas.
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