Uno de los principales motores del mundo en el que vivimos es, sin duda, el dinero. ¿Cómo no va a ser así, si permite comprarlo casi todo?

El dinero es necesario para vivir. Claro que sí. Y, por eso, para poder salir adelante el día de mañana, nos preparamos desde bien pequeñitos, asistiendo al colegio primero y más adelante aprendiendo un oficio o yendo a la universidad.

Porque para ganarnos la vida tenemos que trabajar. Y, habitualmente, tenemos que trabajar muchas horas al día. Y tanto es así, que puede incluso parecer que el trabajo casi «nos roba» la vida, puesto que, si sumamos el tiempo que le tenemos que dedicar al tiempo que nos llevan el resto de nuestras responsabilidades domésticas o familiares, la verdad es que nos termina quedando muy poquita disponibilidad. Pero el trabajo, creo yo, más allá de facilitarnos un medio de vida, también nos facilita el servicio; desde cualquier sector -empresarial, sanitario, académico o no lucrativo- se puede servir porque, sobre todo, es una cuestión de disposición personal y de saber entender que en el centro del mismo están aquellos a los que ese trabajo da su sentido: sus clientes, sus pacientes, sus alumnos o sus beneficiarios. Y en estos tiempos de pandemia que estamos viviendo, además, creo que es muy fácil sentir también que el trabajo nos facilita el compromiso con este mundo nuestro, que entre todos tenemos que sacar adelante.

El problema llega, en mi opinión, cuando empezamos a movernos principalmente por dinero, por supuesto en el ámbito profesional pero también en otros órdenes de la vida, como el social. Porque el dinero puede terminar robándonos el corazón y arrastrándonos hacia esa espiral sin fin que nos llevará a querer siempre más y que nos irá alejando poco a poco, casi sin que nos demos cuenta, tanto de Dios como de las prioridades del Cielo.

Y esto no es demasiado difícil que ocurra, puesto que con dinero se compra prácticamente todo lo que los hombres deseamos: con dinero se compran comodidades, con dinero se compra diversión, con dinero se compran voluntades, con dinero se compra posicionamento social y con dinero se se compran todo tipo de caprichos.

Pero lo cierto es que las cosas más esenciales, las más importantes, las que dan sentido a nuestra vida -la fe, el amor verdadero o la amistad- esas que tienen un valor tan grande, tan grande, tan grande que nunca se podrían pagar, esas que además dan ese equilibrio personal tan necesario para poder vivir sin desfallecer ante la locura de mundo que nos rodea, esas que por otro lado dan la verdadera felicidad, esas que además nos facilitarán la vida eterna… esas son todas gratuitas. Y, afortunadamente, están al alcance de todos: ricos y pobres, niños y mayores, eruditos y analfabetos, del Norte o del Sur.

La lógica del Cielo es siempre bien distinta de la que tenemos aquí en la tierra. Mientras que aquí nuestra unidad de medida es el dinero y «tanto tienes, tanto vales», en el Cielo, por el contrario, la unidad de medida siempre será el amor: «tanto amas, tanto vales». Así de clarito. Así de radical.

Y muchos lo sabemos, sí. Pero no terminamos de ser coherentes con esa fe que decimos profesar.

Si queremos, podemos empezar a vivir ya en la tierra con el estilo del Cielo. Desde dentro del mundo, como quiso Dios que viviésemos. Contracorriente, como hizo Jesús. Haciendo ver que otro mundo, otros valores y otra vida son posibles.

La imagen es de JilWellington en pixabay

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