Ambicionad los carismas mejores

La ambición es un deseo intenso de obtener algo grande, algo que es difícil de lograr, algo que supera las expectativas de la mayoría de las personas y que nos hará sobresalir.

Solemos catalogar como ambiciosas a aquellas personas que buscan los primeros puestos, deseosas de poder y de fama, que ansían ser vistas como triunfadoras ante los demás. Suelen ser personas competitivas tanto en el ámbito profesional como en el particular, a las que les gusta ser influir y ser referentes.

Bien lejos queda esa ambición de los primeros puestos de la invitación que nos hizo Jesús a vivir desde el servicio. ¿Cuándo entenderemos que en el orden del Cielo los primeros son los que más aman y, por lo tanto, los que más sirven?

También catalogamos como ambiciosas a aquellas personas con hambre de dinero. Y que lo desean de tal manera, que las termina esclavizando. Puede ocurrir esto entre personas que ya lo tienen -y tienen que trabajar mucho para mantenerlo y para hacerlo crecer- y también entre personas que no lo tienen pero que aspiran a conseguirlo.

El dinero es necesario para vivir, todos lo necesitamos y la mayoría de nosotros tenemos que trabajar para mantenernos y para sacar adelante a nuestras familias. Pero no debemos permitir nunca que nos robe el corazón hasta el punto de estar a su servicio y de vivir para él.

«Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero»

(Evangelio Mateo 6, 24).

Pero la ambición en sí misma no es mala. Desde luego que no. En mi opinión es tremendamente positivo que las personas no queramos conformarnos con cualquier cosa, ni queramos hacer lo que hace todo el mundo por el mero hecho de que lo haga todo el mundo, ni queramos, de ninguna manera, caer en esa mediocridad que estamos viendo que está tan extendida en nuestra sociedad. Debemos ser ambiciosos. Y debemos, claro que sí, marcarnos metas altas. Y aspirar a conseguirlas. Y trabajar duro para llegar a alcanzarlas.

Lo que hace buena o mala la ambición no es la ambición en sí misma, sino su objeto: ¿qué es lo que ambicionamos? ¿qué es lo que nos mueve? ¿qué es eso que llena nuestro corazón y actúa como motor en nuestro andar en el camino de la vida?

Desde el Cielo nos invitan a ser ambiciosos. Pero nos invitan a una ambición diametralmente opuesta a la que nos invita el mundo:

Ambicionad los carismas mayores. Y aún os voy a mostrar un camino más excelente. Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría. El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Primera carta de San Pablo a los Corintios

A medida que vayamos creciendo en la vida espiritual y vayamos avanzando en el camino del amor, nos irán cambiando las prioridades y las ambiciones, sabremos identificar los hábitos que deberíamos cambiar y se nos irá haciendo excesiva la cantidad de cosas que acumulamos en nuestros armarios y en nuestras casas que en realidad no necesitamos para nada. ¿De verdad nos hace tan felices ese consumo sin fin que tantas veces guía nuestros pasos? ¿de verdad merece la pena todo el tiempo y el esfuerzo que invertimos en cuidarnos y regalarnos a nosotros mismos?

Sin duda es bueno ir prescindiendo, sin pausa pero sin prisa, de las muchas ataduras que nos mantienen aferrados al mundo, para ir dejando en nuestra vida y en nuestro corazón cada vez más espacio para las personas que que nos rodean y también para Dios.

La imagen es de Porapak Apichodilok en Pexels

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