La doctrina que nos trajo Jesús es rompedora por muchas razones: es rompedora por su aparente sencillez, es rompedora porque todos tenemos cabida en ella, es rompedora por su increíble actualidad, es rompedora porque nos transforma en otras personas, es rompedora porque nos hace ser felices y nos hace generar felicidad a nuestro alrededor y es rompedora por cómo nos invita a la confianza con ese Dios que, sobre todo, es Padre.

A lo largo de sus tres años de vida pública Jesús la predicó de aldea en aldea a todo aquel que quiso escucharle. Y, sobre todo, dio testimonio de ella con su propia vida, pues no hizo más que atender a todos los que pasaron a su lado, acogiendo muy especialmente a aquellos que por una u otra razón, eran los más vulnerables de la sociedad:

Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados

Evangelio Lucas 7, 22

Esa doctrina que el Maestro predicó quedó recogida en los Evangelios. Y si quedó escrita en ellos fue para que nosotros, siglos después, pudiésemos leerla, pudiésemos comprenderla, pudiésemos hacerla vida y pudiésemos dejarnos transformar por ella.

Los Evangelios son el testamento que nos dejó Jesús a todos nosotros. La misma herencia para todos.

Sin embargo esa doctrina resulta diferente para cada uno de nosotros:

Resulta diferente para cada uno, porque cada uno de nosotros somos únicos. Y el plan que Dios tiene para cada uno es distinto. Por eso no estamos todos equipados con los mismos talentos, las mismas virtudes ni las mismas circunstancias. Cada uno estamos equipados con los talentos que necesitamos para cumplir el plan de Dios. Ni uno más. Ni uno menos

Por otro lado, las personas estamos en continua evolución: no somos las mismas personas hoy que las que éramos hace 10 años ni tampoco somos las mismas personas que seremos dentro de 10 años. Nuestra visión de la vida y nuestro sentir evoluciona con el paso del tiempo, con el que también van cambiando las circunstancias que rodean nuestra vida: ¿cómo vamos a ver la vida de la misma manera cuando la estamos comenzando que cuando ya la miramos con la perspectiva de los años y acumulamos tantas experiencias vividas?

Un mismo pasaje del Evangelio leído hoy por tres personas, hace sentir a cada una cosas diferentes. De la misma manera que también hace sentir cosas diferentes a una misma persona que lo lea en tres momentos diferentes de su vida.

La riqueza del Evangelio es inagotable, y sus matices resultan infinitos. Porque es el Espíritu el que sopla: es Dios mismo el que nos habla y nos dice a cada uno lo que quiere, en el momento en el que resulta más conveniente.

Por eso la Palabra, siendo igual para todos, resulta diferente para cada uno.

También por eso conviene tanto que nunca demos por sabido el Evangelio por mucho que hayamos podido leerlo o escucharlo a lo largo de nuestra vida, porque lo cierto es que nunca lo terminaremos de conocer, nunca lo terminaremos de saborear, nunca lo terminaremos de paladear, porque al irnos diciendo en cada caso lo que nos conviene, siempre resulta inspirador y siempre resulta novedoso.

Y, si contiene la verdad y es la vía de la que tantas veces se valen del Cielo para guiarnos, ¿cómo no convertirlo en la brújula que nos vaya marcando el camino a seguir para poder llegar más y mejor a todas las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida?

La imagen es de Fun_Loving_Cindy en pixabay

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