
Nunca doy mi opinión en este blog en temas de política, porque no es su fin. En este caso tampoco lo voy a hacer, pero sí me voy a permitir hacer una reflexión sobre un tema que en España está en boca de todos estos días debido a algo que han planteado recientemente tres de nuestras actuales ministras: que los hijos no pertenecen a los padres, que es competencia del Estado velar porque se cumplan sus derechos y que entre estos derechos se incluye la educación sobre cuestiones morales, sexuales o de conciencia.
Y me lo permito porque creo que los cristianos, y quienes aspiramos a serlo, tenemos una visión compartida:
Los niños tienen su derechos. Claro que sí (también los que aún no han nacido, por cierto, deberían tener el derecho más importante, que es el derecho a la vida, pero ese debate es otro). Y el Estado debe velar por que se cumplan. Desde luego. Sin embargo, creo que en el derecho a la educación no podemos incluir el adoctrinamiento sobre cuestiones morales, sexuales, de conciencia o religiosas, de ninguna de las maneras, porque ese es el terreno de la familia.
También es cierto que los hijos no son propiedad de los padres. Claro que no lo son. Pero mucho menos son propiedad del Estado. Faltaría más.
Los hijos no son una propiedad, como puede ser un un coche, que hoy nos compramos y mañana, cuando nuestras necesidades hayan cambiado, venderemos a quien mejor precio nos pague por él. O como puede ser un jersey, que hoy nos encanta y que mañana dejaremos arrinconado en el cajón, porque le han salido bolitas, porque se ha pasado de moda o, simplemente, porque se nos ha ido olvidando.
Nuestros hijos son personas libres, igual que lo somos nosotros. Pero los padres tenemos el derecho y el deber de educarlos mientras todavía están creciendo, con el fin de que un día maduren y estén listos para salir ahí afuera tomando sus propias decisiones sin tener que consultarnos si no quieren hacerlo.
La familia ha jugado y juega un papel fundamental en nuestra sociedad y en la vida de cada uno de nosotros. Porque es el espacio en el que habitualmente aprendemos a convivir, es el espacio en el que aprendemos a respetarnos, es el espacio en el que aprendemos a perdonar y a pedir perdón, es el espacio en el que aprendemos a cuidar unos de otros y es el espacio en el que aprendemos lo que es el amor incondicional.
Es nuestra responsabilidad como padres equipar a nuestros hijos con herramientas que les permitan tener criterio para distinguir lo que está bien de lo que está mal. Y entre ellas, sin duda, se encuentran los valores. Esos valores son los que después los acompañarán y marcarán significativamente las decisiones que vayan tomando en el camino de la vida: qué amigos escogen, qué actitud tienen en el colegio, en la universidad, en el trabajo o en sus vecindarios, su comportamiento sexual, si son o no serviciales con quienes nos rodean, a quién escogen como pareja, si es el caso, para constituir su propia familia, qué tipo de vivencias y educación es la que dan ellos, a su vez, a sus propios hijos o qué tipo de relación mantienen de adultos con nosotros o con sus amigos.
Es nuestra responsabilidad como padres educar a nuestros hijos en la Fe. Para que tengan claro que siempre podrán contar con ese Dios que, sobre todo, es Padre, y que como padre que es está deseando que queramos hacerle partícipe de nuestras ilusiones, de nuestras alegrías, de nuestras penas, de nuestras inquietudes y de nuestros problemas. Y para que tengan meridianamente claro también que lo único que da sentido a la vida es el amor. Sin más. Y sin menos.
Es, además, una formación que no se enseña solo con palabras; se enseña, fundamentalmente, con el ejemplo, con lo que ven en nuestro comportamiento de cada día. Y si no ven una coherencia entre nuestro comportamiento en la vida y los valores y la fe que decimos profesar, no querrán hacerlos suyos.
Nuestra responsabilidad es grande y de ninguna manera podemos desentendernos de ella.
La imagen es de Shenghung Lin en flickr
Gracias Marta ,está muy claro ,ahora nos toca no avergonzarnos y decirlo cada vez que se nos presente la oportunidad para que otras personas al menos lo reflexione