
Es bien sabido por todos que en este mundo en el que vivimos miramos como triunfadores a las personas poderosas. Poderosas porque tienen posiciones relevantes, o porque tienen mucho dinero, o porque tienen capacidad de influencia en aquellos que les siguen quienes, de una u otra manera, los tienen como referentes.
A muchos de nosotros nos gustaría ser como ellos, y ocupar también los primeros puestos, y ser también vistos a los ojos de los demás como triunfadores.
La lógica del Cielo sin embargo nada tiene que ver con esas reglas no escritas que rigen los criterios, las aspiraciones y las relaciones en el mundo:
Cuando Dios buscó una mujer para dar a luz nada menos que a su Hijo no buscó entre las reinas, ni entre las mujeres de la alta sociedad. No. Nada más lejos de la realidad. Se fijó en María, casi una niña entonces, sencilla y de familia modesta. Y no ha habido mujer más grande que ella en la historia de la humanidad.
No le buscó tampoco Dios a su Hijo un padre poderoso ni influyente. No. José era carpintero de profesión y vivía de su trabajo.
No nació Jesús en Roma o en Jerusalén. No. Nació en Belén de Judá. En un establo de animales en el que su madre no dispuso ni tan siquiera de una cama con sábanas limpias en la que dar a luz, ni contó con más asistencia en el parto que las inexpertas manos de José y, por supuesto, la ayuda de Dios.
No usó jamás Jesús sus milagros para que su popularidad creciera o para ganar poder. No. Los milagros los hizo siempre para atender a aquellos que lo necesitaban: y con ellos les cambiaba la vida curándoles la lepra o devolviéndoles la vista, el oído o la capacidad de andar.
Y siendo Jesús el Hijo de Dios mismo, pasó los tres años de su vida pública yendo de aldea en aldea y de ciudad en ciudad atendiendo a quien lo pudiera necesitar y predicando su mensaje a quien le quisiera escuchar, sin un lugar fijo al que volver por las noches a reponer fuerzas y a descansar.
No predicó Jesús otra cosa que la ley del amor: el amor a Dios y el amor a los hombres. Enseñándonos una y otra vez -con sus palabras y con su vida- que la forma de demostrar ese amor a los hombres es, necesariamente, el servicio. Servicio que en un caso se traducirá en escuchar, en otro caso se traducirá en ayudar, en otro caso se traducirá en prestar dinero y en otro caso se traducirá en consolar.
¿Cuándo terminaremos de entender que Jesús nos trajo una propuesta de vida que cambia radicalmente la lógica de este mundo? ¿Cuándo terminaremos de entender que el orden del Cielo nada tiene que ver con el orden de la tierra y que para Dios los hombres son más grandes cuanto más aman y, por tanto, cuanto más sirven? ¿Cuándo entenderemos por qué muchos últimos serán los primeros? ¿Cuándo dejaremos de buscar los primeros puestos a los ojos de los hombres para buscar los primeros puestos a los ojos de Dios?
El reto es grande. Enorme. Porque nos desafía a cambiar de criterios viviendo en un mundo que ni nos acompañará ni nos entenderá jamás. Pero Dios no nos saca del mundo sino que más bien quiere que florezcamos dentro de él, con todas sus cosas buenas y también con todas sus dificultades y todas sus miserias. Porque quiere que le ayudemos a cambiar su lógica y sus reglas siendo -cada uno en la medida de nuestras posibilidades- luz para aquellos que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.
La imagen es de pixnio.com
Deja una respuesta